Tema libre: la muerte

Autor: abonizio@gmail.com

No supieron bien cuándo empezaron a hablar del tema .Pero dejó de ser casual para convertirse en tema fundamental cada vez que se juntaban ante el televisor, o después de una cena o en una mañana de domingo. Tema: la muerte.

-Bueno supongamos, empezó ella, que vos te morís primero, cosa que es más que probable. ¿Arreglaste los papeles de tu casa anterior? ¿Los tenés en orden? (léase: no quiero tener que lidiar con tus hijos por la parte de la herencia, menos aún con tu ex y con tus hermanos)

El sintió un puntazo leve en su costado como una daga liviana a la vez que la miraba por sobre la almohada y preparaba su respuesta.

-Tengo los papeles por la mitad, me falta la firma de algunos, ¿viste cómo es esto, no? admitió. Y cargó sobre el enemigo.

-¿Y vos?  Te pregunto: cómo estás llevando el trámite con el negocio de tu socia, más la casa en la Ribera que le pertenece a tu familia y si morís una parte estaría en conflicto si no hacés el papeleo (léase: no sé la guita que ganaste o tendrás del negocio y si me tendría que pelear con tu ex socia y con tu parentela por la casucha esa al lado del Carcarañá)

Ella se estiró como no dando importancia. No le gustaban los empates, así que contragolpeó.

-Sí, tenés razón,  murmuró entre dientes. Pero yo al menos los tengo más avanzados que vos que te movés bien poco (había que golpear acuciando al caído por indolente)

-Parece que no pensás en el futuro (léase en “mi futuro”: una vida aún joven, dueña de algo más que este departamentito al fondo que compartían y si él moría como ella estimaba en breve, podría acaparar bienes que estaban al alcance de la mano como un espejismo, o un oasis. Podría viajar, irse al carajo, buscarse un novio joven. Lo espió por sobre las sábanas: ya no lo quería, estaba cansada de su modo de ser y de su panza) El gruñó:

-Pienso en el futuro tanto como vos que no hacés nada, o bien poco por ordenar tus cosas. ¿Nos vamos a llevar algo? No. Por ende hay que poner en orden las cosas para estar más tranquilos (la miró bien de frente pero ella estaba con la vista en la pared. Ya no la quería: era una sombra del amor cuarteada por siglos de estar juntos. Pensó en Gladys, la compañera del banco, y sintió un ramalazo de ternura; podría declarársele una vez que ella, su esposa pasase a mejor vida)

-No es que te desee la muerte, Eusebio, pero como vas a partir primero hay que apurarse con todo.

-¿Y quién asegura que voy a irme primero? ¿Acaso hablás con Dios?

Ella levantó el tono:

-Pero mírate un poco: estás gordo, colesterol alto, no hacés gimnasia y te la pasas tragando y mirando la tele,

-Ah, ¿y vos?  Mucha peluquería, mucha pollera nueva y no sabés cocinar ni un huevo. Te vas a morir de anemia.

-Yo trabajo y soy del Estado, mi querido. Tengo la plata asegurada. No como vos que con tu banco no se sabe si mañana estarás de patitas en la calle.

El no contestó. Se levantó, fue a orinar y a prepararse un mate. Ella lo siguió detrás reclamándole faltas históricas. Tenía ganas de pelear. El puso el programa de Turismo Carretera fuerte para acallarla. Ella dió un portazo y se encerró en la habitación. Fue un mal domingo. Anticipo de un lunes espantoso. A ella la condenaron a irse de la dependencia estatal, a él lo despidieron sin causa. Ahora vendrían los verdaderos papeleos.

La noche del lunes los encontró perplejos, destruidos con las hojas de despido para ambos.

El había asegurado una módica suma depositada ya en su cuenta como indemnización. Y se la estaba enseñando a su esposa que lloraba bajito apoyada en la heladera. El oyó entre gimoteos la voz extrañamente suave:

-Por favor Eusebio, no te mueras nunca, mi amor

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