Extractos del diario de Damocles

Autor: Bill Knott

No me atrevo a hablar demasiado alto, algunos timbres podrían ser fatales… Creo que aquella cuerda no es demasiado fuerte: y a veces tengo que respirar. O quizá temo que mis exhalaciones parafrásticas arruinarán la perfección aceitada de su elegancia, nublarán ese brillo cuya punta afilada como una aguja rodea cada uno de mis desvíos. Soy tan atrevido a mi modo como ella… tan poco ondulada, tan sutil. Presa de los vapores, del deshielo repentino de los casquetes polares, de los terremotos, el mundo me conecta, me encierro en mí mismo hasta alcanzar un nivel infinito de sensibilidad quisquillosa, alerta a cada apertura de la ventana, en las entrañas de mi castillo, cada salida de los ratones. Una simple mosca doméstica, una polilla asesina mi descanso cuando confunde con luz esa hoja brillante en la que cada destello que pasa se refleja, barómetro de mi mayor aprensión.
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Sé que mi temor es solo una estratagema, un punto conflictivo en el viejo debate de la sutileza de los vientos… Yo, la primera personalidad escindida, dividido en -Dam y Ocles, una madre y su hijo miope. O, dado que todo se invierte en esta flecha reflejando un Selcomad, loco y malhumorado. El lenguaje me hace esto. Invierte mi posición: soy Rey, pero espero mi corona, sin un hombre hasta que caiga, mi reino se divide en dos para cada uno, yo estoy dividido en dos para todos.
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Si sólo yo pudiera llegar arriba, arriba, y tomarlo en mis dientes, chupar esa protuberancia del pene, encerrar su dureza implacable en la vaina de mi garganta… tragador de sables que exalta su postura con esta segunda columna adjunta, alineando las tripas con el paladar, mi ingle con mi altura.
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Ser hombre significa estar en el crimen de cosas aquí, este frágil planeta fue asesinado, mutilado. Hombre significa asesinato, violación y muerte. Su indomable voluntad no permitirá acercamiento. Todo broche fracasará. Debe caer en ti o no debe caer en absoluto.
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Es loco, ¿no lo es? La historia cuelga impregnable a la mente, para partir tu cerebro en dos con grieta, intrusión y lucha, la disonancia del guerrero. Ningún todo es sagrado, ninguna paz. No dejes que el humor de esta escena (cuando el falo cae los temores se disipan) te asista afuera desde su crueldad.
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Permanezco aquí expuesto para la justicia de quién, mi crimen, mi cromosoma Y. Ese Y apunta su pene hacia mí. Una varita de zahorí que busca mi sed artesiana, mis profundidades de muerte. Su insistencia me sostiene en acero, su incursión encerrada cubre mi derretimiento, mi metal. Cada día él me endereza: sus temblores en la escala de Richter son mi clima, mi razón de ser: su brillo, su resplandor condena mi suerte, su mineral carga mi oro con esquisto. Su soliloquio interrumpe el mío ante cada palabra, rupturas de renglón forzadas por la espada, su poema rompe mi ritmo. Todo lo mío al final está hecho él. Su hoja recuerda mi nombre…

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