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Él cruzaba un bañado cuando se descubrieron. Era mediodía. Ella estaba bajo una morera, los pies con garras metidos en la acequia, el cuerpo de plumaje azulado, el pico naranja, el batido de su testuz aún salpicado de granza y resollando por el calor. Sentóse a unos metros, y ni se le movió un músculo alguno de verla, mitad hembra, mitad pájaro. El caballo tembló bajo su montura. “Es la Muerte”. Ella soltó un graznido –
-No es a vos a quien busco, es al dueño de la estancia. Por intoxicar el campo.
-Si sembrás sin veneno, te perdonaré, Y voló hacia la casa.
Encontraron a Don Aguilar descoyuntado junto al aljibe con el espinazo quebrado. Murmuraron que se habría caído y llamaron urgente a la ambulancia del pueblo. Un patrón muerto, un millonario activo de 50 años y poderoso, con la espalda rota llamaba a investigación. Se realizaron las pericias y se cercó la zona para que nadie pudiera huir. Casi de inmediato se avisó a familiares de la ciudad para que vinieran por el finado y comenzaron las rondas de preguntas. Cuando le llegó el turno a Rosales, aquel que cruzando el bañado se topara con la Parca, declaró que estaba lejos en el momento del suceso y que tenía de testigos a dos personas: el puestero de la ruta que vendía sandías con quien se quedara conversando y el gendarme que lo saludó y le pidió le guardara una bolsa de choclos para el día siguiente. Todo ello ocurrió a kilómetros del hecho y en campo ajeno, por ende estaba lejos de ser culpable. Nada mencionó del encuentro. Se llevaron el cuerpo, un silencio pesado se extendió por la chacra, vigilada por agentes y caminada por los especialistas en rastros de la policía buscando huellas, algo que los llevara a la detención del criminal. Nadie se muere de esa forma. Lo extraño, para los tipos, era que no tenía señales de marcas y menos aún de lucha.
-Estaba partido al medio, murmuró uno a su colega.
-Capaz que don Aguilar se tropezó con algo y eso lo descaderó, dijo el otro para tranquilizarse.
Ambos sabían que era inexacto. Se encogieron de hombros. Y el procedimiento de rutina continuó por días. Pero había que proseguir las tareas. El capataz le ordenó a Rosales que empezara a fumigar el cuadrilátero de cinco hectáreas que eran una parte de aquel reinado de la soja. El negó con la cabeza, aduciendo sentirse mal. Pudo fingir un día, tal vez dos, tirado en su catre. Al tercero el capataz de mal modo lo increpó.
-Bueno, ya está, ahora mismo empezás con el trabajo atrasado. Ya sabés, los bidones están en el cuartito, las llaves donde siempre. Dale, Rosales, ahora mismo que ya amaneció.
El dijo que no, que no lo haría. El capataz lo miró primero con gesto fiero y después lo atropelló con preguntas. Rosales solo adujo que no, lo iba a hacer.
-No quiero terminar como Don Aguilar, completó.
Al quinto día huyó. Desapareció de la hacienda. Fue visto en la estación del poblado cercano a punto de subir a un micro con destino incierto. La policía lo capturó y lo encerró en el calabozo. Un paisano que se va sin explicaciones tras la muerte del patrón es más que un sospechoso, es el culpable seguro.
En la comisaría ante el interrogatorio del Jefe no paró de murmurar.
-No quiero terminar como el patrón, no quiero terminar como él, chamigo. Pero no mencionó a la Muerte ni aquel encuentro en el bañado.
El abogado defensor de oficio logró que no sea acusado sin pruebas certeras, pero solo por un tiempo.
Lo condenaron porque era un sospechoso pobre en condición de fuga y con brazos tan fuertes como para quebrar el espinazo de un hombre.
En la cárcel fue visitado por la Muerte, esta vez, vestida de guardia,
-Tranquilo, macho, hiciste bien en cumplir lo que te ordené. Sos un buen hombre, no merecés que te lleve. Ahora ándate.
Las puertas del penal estaban abiertas y no había oficial alguno. Se esfumó sin dejar rastros. Me contó esta historia en un boliche de Villa Diego tomándonos una caña. Se había convertido en un linyera. Y todo lo que me dijo se lo creí: por eso escribo esto, como testimonio de una justicia fúnebre, es verdad, pero justicia al fin.
La Muerte tiene a veces ganas de ser heroica. Se aburre demasiado.
