Autor: Claudia Sotomayor

En el aniversario del asesinato a Qasem Soleimani, ​ejecutado por Trump en su primera presidencia, y cuando el plan de exterminio en Gaza entra en una nueva fase (la del silencio global cómplice), los nuevos objetivos militares de Estados Unidos se vuelcan a Latinoamérica. Según las cartas estratégicas del imperio del norte, apoderarse del petróleo y frenar la alianza regional que existe con China, es su principal motivación. Porque no vamos a creer que están combatiendo al narcotráfico o exportando democracias. A esta altura, el imperialismo fascistoide repite guiones desde hace más de un siglo. No es necesario leer a Lenin para saber de qué manera funciona el capitalismo y quiénes son sus verdaderos enemigos. Las guerras híbridas del siglo XXI alimentan una maquinaria financiera, armamentística y de seguridad de un tamaño monumental.

            Mientras el pueblo de la región sufre privaciones políticas, económicas y sociales que son apañadas por élites empresariales con gobiernos títeres, débiles y/o vulnerables a casi cualquier cosa, la ciudadanía global asiste perpleja al escenario hegemónico soñado por el señor naranja desde hace mucho tiempo. Venezuela era un asunto pendiente de Estados Unidos desde tiempos chavistas, su injerencia dejó de ser indirecta ya en el anterior gobierno de Trump: hubo intento de magnicidio (fracasado), guarimbas violentas, intentos de golpes de Estado, fugas de prisioneros, bloqueo económico y energético que dejó al país con escasez de gasolina. El boicot a los procesos electorales venezolanos fue la principal excusa para deslegitimar un modelo de democracia soberana que, como toda democracia es imperfecta, aunque autodeterminada, por lo tanto, la mejor posible. Sin embargo, la despolitización de la región, plagada de generaciones de progresismo vegetariano, se ocultó en su tibieza, acosada por el “qué dirán”, renegaron de la hermana República Bolivariana. Como muchas veces se hizo con Cuba, dejaron patearla, acosarla y difamarla con una actitud de sommelier democrático mientras en la región se roban y extraen cada piedra, gas o mineral posible. Triste escenario de fragmentación se repite en nuestra patria grande. Mientras los jóvenes se reconocen hermanados en su identidad latinoamericana, en su preocupación por la problemática ambiental y económica que nos afecta en conjunto, las instituciones políticas y estatales brillan por su cobarde posicionamiento.

Demasiada batalla digital y cultural se ha perdido, el sistema de medios escupe propaganda como el Gran Hermano de Orwell, aunque más sutil, recreando discursos divergentes, pero con ideas de derecha. Como si los guiones de las películas de acción se trastocaran. ¿Es Latinoamérica la Pandora colonizada para alimentar al imperio? ¿Es el planeta Marte colonial de la película de Paul Verhoeven (Total recall, 1990)? Por la forma de consumir películas, por ahora los “buenos” y “malos” están diseñados por el mainstream, no es arte, ni política, es campaña en la que se va sensibilizando a la población al punto de que crean que ocupar, asesinar o secuestrar es algo heroico.  ¿Acaso los múltiples boicots a la primera guerra mundial hoy no son tapados con competencias de música pedorra en Eurovisión? Del civilizado continente viejo no podemos esperar nada más que chauvinismo rancio, ya dejaron sangrar Yugoslavia en los ‘90, desarmar cualquier estado de bienestar, bombardear Serbia, suministrar armas a genocidas. Cegados por su pasado colonial, son cómplices del policía global. No existe ecuanimidad en ningún tribunal, medio de comunicación ni gobierno. Dejan que el villano de la Casa Blanca marque el rumbo.

De los hermanos regionales Venezuela tampoco puede esperar mucha solidaridad, como en el lejano oeste norteamericano, cada uno cuida su culo, o su democracia o su plutocracia. El sistema político que tiene a la revolución francesa de símbolo hoy da mucha vergüenza, las repúblicas burguesas han sido envenenadas al punto de sentirlas ajenas. Pero lo que es peor, el sistema conservador es tan retrógrado que cuestiona todos los derechos conquistados a fuerza de revoluciones. El trabajo, la salud, la educación y la vivienda hoy constituyen mercancías con las que Trump pretenderá engañar a la población. Promete cambiar el régimen y prosperidad económica sin derramar sangre norteamericana. Como también Milei prometió crecimiento económico. Pecar de ingenuo hoy en la región es peligroso para cualquier interés soberano.

Además, la realidad geopolítica se presenta con narrativas visuales muy parecidas a la época dorada de Hollywood, cuando John Wayne mataba malvados pieles rojas, coreanos o vietnamitas. Cuando los buenos eran los amigos talibanes de Rambo. Cuando las guerras las ganaba solito el “maravilloso” ejército de Estados Unidos. Sin ayuda de aliados, con unos pocos autóctonos haciendo de extras (Malinches o Cipayos), sirviendo a cambio de la promesa de ciudadanía. Esta maldita realidad es difícil de contrarrestar desde una perspectiva pacifista, incluso desde una burocracia diplomática moribunda como las Naciones Unidas. Si Estados Unidos comienza una ocupación directa de Venezuela y su negocio petrolero, ya no se trata de Maduro, Diosdado o Padrino, sino de desarmar toda una estructura social, política y económica que no le rendía pleitesía.

 A partir de ahora, al menos la incertidumbre sobre el alcance (o límite) de la egomanía Trumpista se disipan. Cualquier narrativa sobre un Maduro narcotraficante sólo parece salir desde las entrañas de una posdemocracia autopercibida como ”americana” y liderada por un político que parece un personaje guionado por Ian Fleming, el creador de James Bond. Aunque también puede resultar ser un guión de Mel Brooks, el creador de Kaos y Control, organizaciones hermanas de la actual conducción del complejo tecnológico-militar del Pentágono. La historia nos dice que no es la primera ni será la última intervención militar de Estados Unidos, la pregunta es qué sobrevivirá de todo esto. ¿Cuáles serán los gestos políticos que estén a la altura moral de estos acontecimientos? ¿Son nuestros hermanos de idioma, sangre e historia enemigos por pensarse en sistemas políticos distintos? ¿Es Estados Unidos un modelo policial de democracia legítimo? Para el Vietnam del sur que se dejó usar por más de 10 años de guerra fue una lección de muerte. En Afganistán auparon al corrupto Karzai hasta donde pudieron y también salió mal. A Irak lo destrozaron por mentiras similares. Lo que pase en Sudamérica dependerá del grado de colonialismo que afrontamos desde siempre. Nuestra principal fortaleza era el grado de pacificación interna que habíamos logrado, no pelearnos entre hermanos porque eso sólo suponía que nos devoran los de afuera. Pero el Martin Fierro o la poesía de Martí será un contenido educativo, aunque su heroicidad está perdida en el universo Marvel, en un juego de roles o agoniza en una frontera al norte.

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