Autor: abonizio@gmail.com

Por las tardecitas, siempre a la misma hora oigo desde mi piso los grititos de niños. Deben coincidir con la salida del colegio cerca pero yo imagino otra escena: puntualmente algún familiar, su madre especialmente, los suelta en el patio y los tortura con juegos escalofriantes. Luego, en un ratito de este otoño suave, se van acallando. O bien es que van cayendo heridos o apisonados por algún dolor, se van extinguiendo sus voces. Entonces imagino su madre -una gordita, teñida de rubio, jeans estrechos y celular colgando- que espera a su maridito mientras que prolijamente lava las marcas en el patio y limpia a sus hijos para cenar temprano y en familia. Los que sobreviven no hablan: han aprendido a latir en silencio. Nunca se sabe; la ciudad esconde sus monstruos a plena luz del día. Miro a esa gente. Por lo general son parejitas jóvenes paseando sus perritos. Son bichos medianos o chicos, por lo general feos pero que son tratados como faraones: los alzan, le llevan agua en cantimploras y hacen un medido alarde de pareja bondadosa, de pertenencia a algo discreto y opulento a la vez como diciendo “¿Ven? Protegemos a los perritos, somos una pareja normal. Trabajamos, pedimos comida rápida a domicilio y nos alcanza hasta para veranear. No como ustedes que viven de lo ajeno, que piden en las esquinas y son incapaces de cuidar a sus hijos, de bañarse. Viven de la nuestra pero ya se les terminó”. Ambos grupos, el de madres criminales y las parejitas que adoptan perros como si fueran hijos viven en el mismo edificio. Solo se saludan sin afecto, con un cabecear y punto. Todos son mileístas. Y cuando cae la noche a todos ellos la angustia los encierra contra la tele o preparando los mejunjes para sus crías. Entonces aparezco yo en esta historia, quien los observa desde arriba, desde mi cueva frágilmente protegida de vuestras acechanzas. Porque sé. Porque tengo que escribir todo lo que pueda antes que me delaten por algo y llaman a la policía si es que aún no lo han hecho. Yo sé, yo los he descubierto primero con la presunción horrorosa de quiénes eran y quiénes simulaban ser hasta una noche asomarme adonde celebran sus encuentros. Y verlos. Allí. En el patio común de sus viviendas, alrededor del fuego, susurrando en voz baja un ronroneo de voces en un idioma inexplicable. Allí, alrededor de una gran marmita dan giros alrededor de ella y luego, extrayendo de bolsas de consorcio unos bultos medianos y arrojándolos al agua hirviendo. Sé, lo sé, que podrían haber sido cuerpos -mi vista no es ya la de un hombre joven-. Cuerpitos de niños y de perros. Así. Es lo que creo que vi y sé que me vieron escondido espiando tras las columnas de la galería. Por eso escribo y temo. Rogando esto caiga en buenas manos que puedan hacer justicia y delatarlos, antes que vengan definitivamente por mí.

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