Caja de música

Autor: Christopher Morley

A las seis -mucho antes del ventoso amanecer- allí sonó por el silencioso salón hacia donde me dispongo, con mantas tapadas sobre mis orejas, una llamada lastimera.

El chico, en el afán de un niño de tres años, no pudo contenerse, despierto,

inmediatamente ansiaba vestirse y divertirse con su cola de reloj.

Lo escuché con una súbita conmoción, su hermana, por su plan habitual, nos había llamado a las tres en punto, prometí ir a apagar al hombrecito.
Me incliné sobre él, un poco severo, y hablé, me temo, con énfasis… Ah, cuanto mejor, aprenden los padres, ¡sellar los sentidos con un beso!
De nuevo la casa estaba oscura y tranquila, de nuevo me acuesto en la trampa del sueño, cuando escuché un trino en la sala, un pequeño, tintineante, aire entonado… ¡Su caja de música! Su juguete más amado, su compañero de cuna cada noche, y ahora él giró a él por diversión mientras esperaba la luz demorada.
Qué claro, y qué absurdamente tristes se desenrollaron esos hormigueantes pinchazos de sonido, chirriaron y temblaron mientras el chico consolaba su pequeño corazón solitario.
Columbia, la gema del océano… (su única canción) chilló dulce y débil, él hizo sonar las campanas, admirándolas, en alegría de vigilia, sin queja. La música aguda sonó y se agitó, el aire saltarín que era su dicha, y, mientras escuchaba muy arrepentido, ¡agradecí a los suizos totalmente inconscientes!
Los agudos chorros de la melodía sonaron más lentamente y se apagaron… El pilluelo dormía, y fui yo quien se acostó y esperó por el día.

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