Autor: Clark Ashton Smith

Esta Roma, que fue el trabajo de muchos hombres, la consumación de años laboriosos… El cumplimiento de la corona de las visiones de los muertos, y la imagen del deseo completo de reyes es realizada, mi sombría fulgencia del sueño, combustible de la visión, breve encarnación de la voluntad errante y el desgaste del éxtasis fuerte y feroz de una hora tremenda, cuando las eras apiladas sobre eras eran una llama para todos los años detrás y los años por venir.

Todavía cualquier puesta de sol era tanto como ésta, salvo por la música forzada por manos de fuego desde silencios duros, estrechos, cuyos aburridos límites, la boca sin lengua de la materia, una música atravesó con la tensa voz de la vida, más rápida para llorar su agonía, y salvo que yo creía en el brillo más rojo de la sangre de los hombres. La destrucción se acelera e intensifica, el proceso que es belleza, manifiesta rangos de forma desconocida antes, y le da movimiento, y voz, y tinte, donde de otro modo la pura inexpresividad lo ha equilibrado todo.
Si uno crea, hay un largo esfuerzo, los años y días de ardua labor se acercan a su fin, a menos que la medida del deseo, quizás, luego de la segura consumación de toda fuerza, y esfuerzo de facultades que de otro modo estaban liberadas sobre el disfrute; al final no le quede más que una capacidad ni un poder: el placer que encuentra en lo que ha creado. Pero en la destrucción cuelga aunque con poco uso de tiempo, o facultad, pero todo se ha vuelto al único propósito, sin obstáculos, puro, de sensual rapto y alegría observante, y desde las intensidades de muerte y ruina se lleva una vida más plena y satisfactoria, y ambas se extienden y lo reivindican.
Me hubiese gustado ser un dios, con todo el alcance de atributos que son el núcleo esencial de la cabeza del dios, y su visibilidad. Pero sólo soy emperador, y mantengo un rato el poder de apurar la muerte sobre su camino, y poner fin a esta vida desgastada y rezagada para otros, pero para mí tal vez no demore la única ni apueste la otra velocidad. Ha habido muchos reyes, y ellos están muertos, y no tienen poder en la muerte salvo el que confiere el viento sobre su polvo sin sesos y volado para vejar los párpados de la posteridad.
Pero si yo fuese un Dios estaría enseñoreándome sobre muchos reyes, y sería como aliento para guiar su polvo de destino. Y si fuese un Dios, exento de esta mortalidad que obstaculiza la percepción y el libre ejercicio de la voluntad, qué éxtasis sería, aunque solo fuera contemplar la destrucción acechando en las profundidades del tiempo, las fatalidades mudas que acechan a los soles errantes, el vampiro, silencio, en el pecho de los mundos, fuego sin luz que carcome la base de las cosas, y la marea ascendente del Leteo que pudre la piedra de esferas fundamentales. Esta fue suficiente hasta que aquel tiempo como las alas deslumbradas de la voluntad vino con acceso de poder, apenas se sentía para lo más repentino. Luego hubiese urgido a la fuerte contención y el poder conflictivo del caos y la creación -equiparándolos-, aquellos poderes hostiles de tiempos inmemoriales, y todas sus estrellas y abismos sometidos, dinastías de tiempo y anarquías de la oscuridad, en una guerra más encarnizada, sin tregua, y que sembraría nueva discordia en el corazón mismo del universo, un Sansón, principio para bajarlo en una magnificencia de ruina. Sí, el monstruo, el Caos, era mi sabueso desatado, y todo mi poder, ¡el brazo derecho de la destrucción!
Me encantaría contemplar las estrellas que arden en la oscuridad, renovar bajo mi aliento su fuego más antiguo, y que se alimenten a sí mismas hasta la nada, el poder de soles, de paso lento, balanceando el peso de miríadas de mundos, que estaban hechos a mi deseo, una larga rapidez de luz rugiente, a través de la cual la voz de la vida era audible y el canto de muertos inmemoriales, cuyo polvo fue suelto en alas vaporosas con los restos de sistemas en ruinas que se remontan al cielo. Y si me cansara el resplandor de estos, desgarraría los ojos de luz, y me pararía encima de un caos de soles extinguidos que pululan, se agolpan y se estremecen estruendosamente, dando una voz enorme y movimiento pero ningún rayo al extendido silencio de abismos ciegos. Así daría el espacio y habla de la cabeza de dios para su aserción, y así obtener placer de ella, apurando los pies del tiempo con el lanzamiento de mundos como guijarros descuidados o, con soles destrozados que iluminan el rostro de la Eternidad.

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