Chochán no mentía

Autor: abonizio

Nos habíamos descolgado del 71 en movimiento y caído desde un paracaídas solitario, confeccionado con tela de bikinis de ahogadas por besos excesivos, enaguas robadas de las terrazas, bombachudos de gimnastas míticas de los clubes barriales nacidas como nosotros en una tierra calcinada que arrimaba el verano.

Olíamos a fritanga y a almidón húmedo; éramos briosos, pobres, valientes a nuestro modo con un hambre atroz por supervivir y conocer a las mujeres siempre negadas. xesplazados de las comarcas pobres, donde languidecíamos como saurios jóvenes sin agua ni frescura, tirados en la hondura de las esquinas a veces arribábamos a la zona de playa del Paraná que a esa altura se llenaba de viento, familias apresuradas por obtener un espacio bajo el cielo y algún que otro arbolito.

Los altoparlantes resonaban con un entusiasmo quejumbroso: “¡Estoy hecho un demonio y la culpable sos vos!” Todo crepitaba, todo era momentáneo, todo era artificial: la arena traída por camiones, la samba brasilera que se oía en los altoparlantes, el bigote de Onganía, la música moderna, las familias, Luis Sandrini, la escuela. Sonaba Safari, “¡Estoy hecho un demonio y la culpable sos vos!” Las bocinas eran grises y propalaban un ruido parecido al que se oiría en las barracas de Auschwitz. Saltamos los molinetes esquivando la mirada del guardia con silbato y entramos a la Florida. Ni bien lo hicimos vimos aquello que venía flotando, quietos como ante el peligro de observar alelados la aleta de un tiburón o el hocico de un cocodrilo. ¡Tereso, stronzo! ¡Por estribor, submarino, submarino, tereso! Hacíamos ruidos de sonares y sirenas con las manos sobre la boca como el de las películas de guerra que sucedían en altamar.

Empezamos a gritar tanto y tan fuerte que hasta el bañero se paró y empezó a mirarnos. Chillábamos para llamar la atención, de puro aburridos, por encontrarnos incómodos en la zona intermedia en la que no se es varón formado ni pajarito implume. Desaparecimos después entre las sombrillas, avergonzados del horror visual que habíamos anticipado y del que resultábamos cómplices. Haber detectado el desperdicio nos ligaba a él. Huimos.

Ah muñecas, muñequitas de pestañear franelero, rojas bocas, boquitas de dientes sanos, pelo recogido, aindiadas, chinas, chinitas diminutas puestas a secarse sobre un altar de flores plásticas. Les descubríamos los senitos y pasábamos los índices sobre ellas: unas superficies suavecitas hechas en alguna fábrica pero qué importaba,,, llenas de olor a almizcle, chicle y perfumina, aromas a transpiración suave de reinas artificiales pero tan dispuestas a besarnos a nosotros, gigantes ante sus ojos de nylon, las besamos entonces bajándoles mientras tanto los vestiditos de raso rojo o verde.

Eso era la Florida. “La Flora”, le decían las chicas mayores, las de mallas finitas con flores hippies y que llegaban invariablemente en sus Fiat 600, los 1500, los flamantes Citroën azules. Venían acaloradas por el sol, el aguacero que no había arribado, y por ser el objeto de la mirada de los galanes que soñaban con parecerse a Camero o a Rolando Rivas. “¡Movete chiquita movete!” ordenaba el altavoz. Las imaginábamos como en los dibujos en los que tanto empeño ponía y que dibujaba para la posteridad de nuestras siestas: porongas enormes acariciando sus cuerpos colosales, mordientes, suaves, enloquecedores; pedazos de tripones que volcaban manantiales para ellas, garrotes enseñoreados entre sus piernas. Ay, Dios, de haber sabido correr como un animal las hubiera arrollado a topetazos y forzado a que se bajen esas mallitas pero ay, era tan chico y flaquito y virgen que daba pavor imaginarse el cuadro: me sacarían a cachetazos. Ignoraba que aquello constituiría una violación, lejos estaba del Mal y el impulso era de cachorro, lastimero, gimiente de impotencia. No nos quedaba otra entonces que retener sus gestos para después evocarlos en casa: no había en esas épocas videos, pelis, solo fotos arrugadas. Todo se reducía a poder recordar. Y en recordar consistía mantener viva la llama del deseo. Colgar de una tanza con palitos de la ropa fotos de chicas y acollararse sobre el bidet para sacudirnos. Ay, ellas y su maestría de edad, sus transpiraciones, sus olores, sus enigmas, sus Emagrin, sus Plumitas de Altai.

Hubo material manchado, ajado de perdurar en el uso: fotos de chicas gorditas, arrabaleras con pelo spray, enanas de tetas bien formadas mamando vergas insólitamente grandes que hacían que sus caras parecieran las de las muñecas chinitas en miniatura, de chicas menores de edad sin serlo. Ojos inmensos, entornados, la parte lateral de sus cinturas asomando de atrás porque estaban arrodilladas ante el suceso. Algunas te miraban, otras con los ojos cerrados cómodas, lejanas y cercanas… Otras rubionas con pestañas postizas, sufrientes de ojos lastimeros mantadas a lo perra, enloqueciendo con los collares que mordían y sus rímeles cargados, en hojas desplegadas, pequeñas en suma, de un azul petróleo que era hasta donde daba el alcance del original blanquinegro retocado a color.

Como no se fijaban en nosotros, hubiésemos podido barnizarlas con nuestro semen infante que ni lo notarían. Podríamos haberlas destrozado a mordiscones de nuestros molares de infantes que no hubiesen sentido ni una picazón siquiera. Zumbábamos pero éramos de consistencia de crustáceos infantes. Podríamos habernos metido por sus escotes que nos expulsarían sin violencia de un manotazo como si fuésemos insectos olorosos a los que no conviene aplastar. Estar como en una selva gigante entre sus muslos con esos brillitos de pelos chiquitos que les crecían y relumbraban al sol como una plantación suave de arbolitos dorados crecidos en la piel.

Pero cómo explicarles aquella infinitud, aquel desvarío cósmico de no ser nadie, a las mojarritas anhelantes que cabeceaban bajo nuestras mallas y se levantaban ante la presencia de un perfume, el roce de un cabello, una mirada casual, la apertura de unos labios rientes y fumadores. ¡Cuánto se sufre a esa edad! Ver esos culitos de acero potentes, torneados color bronce y a la vez tiernos, ahí al alcance, sin poder tocarlos. Por eso, cuando gritamos aquello y estábamos cerca de ellas, primero nos arrepentimos, pero después, al verlas correr o nadando hacia aguas más serenas, nos sentimos bien, como que habíamos hecho un favor al alertarlas.

Todo pasó rápidamente, como pasaron después los camalotes en la crecida, las barbas anaranjadas de las espumas de Celulosa, los barcos que generaban un oleaje de falso mar, las boyas plásticas escapadas de alguna pesca distraída. El agua de un marrón insondable resultaba inmunda, pero era agua al fin y refrescaba; las féminas entraban poco, lo suficiente para no achicharrarse. Se echaban agua en los pechos, en los hombros, agachándose con una naturalidad de vestales que solo aparecían con su magnitud en blanco y negro en las películas de indios y cascadas escondidas.

Los varones, aquellos flaquitos de melena a lo Cristo, con cadenita al cuello y shorts tiro corto con cigarrillos Colorado y encendedor entre el vientre y la malla, se mojaban más seguido: les gustaba mostrar sus físicos perlados de gotitas y quedarse allí en la orilla, la cara apuntando al sol como lagartos con los ojos cerrados o con los Rayban en la cabeza, al alcance de la vista de ellas, que elegían, cotejaban por lo bajo descartando o aceptando en un juego imperceptible y a veces cruel.

Nosotros, pequeños actores sin sexo ni avances, éramos meros espectadores colados en el ascenso del deseo, el piropo por lo bajo, la sonrisa bajo la capelina. Había una a la que le decían La Bella que verdaderamente nos sofocaba: llevaba al cuello un collar de caracolas marinas rosadas, boca pintada de rojo furioso y una mallita celeste que de abajo apenas le cubría la cholila, pero arriba le dejaba casi a la intemperie dos glorias tapadas con tiritas de lunares como para fotografiarlas y llevárselas de recuerdo -colgándolas de la tanza aquella- para cuando en casa nos duchásemos y les dedicásemos una escena besándonos a nosotros mismos contra los azulejos.

Era un ardor que llegaba como el viento… podía estar favorecido por el ruido de una puerta y un -Chau de alguien que se despedía y entonces nos quedábamos solos con nuestras reservas. Las despleglábamos: unas fotos, las mismas de mucho tiempo y las únicas que ya nos conocían y hacíamos todo corriendo para no dejar pasar el momento. Asegurábamos la puerta, la tanza con los palitos de la ropa, a veces terminábamos mirando una cara, a veces otra, a veces dos o tres a la vez… las queríamos, eran nuestras la rusa, la italiana, la teñida alemana pero en el instante luego del final ya empezábamos a olvidarlas y las escondíamos, no sea cosa que de noche hablaran y contaran lo que les hacíamos.

 Entonces fue cuando llegó el Chochán: el gordo más gordo de la legión, el asteroide inflado más crecido del Universo, el cerdo más vital de nuestro barrio; gracioso y para muchos el más vergonzante. Nos saludó y abrazó a uno por uno con un saludo que consistía en un toque de dedos como hacían los Globertrotters. El Chochán tenía dieciocho pero era tan generoso -o perdedor para algunos- que estaba con nosotros en vez de estar con sus coterráneos, todos musculosos, duros en sus poses, a la moda. O flacos pre hippies, bohemios argentos con autos tuneados. El Gordo era un malabarista del buen humor y lucía para su bien una sonrisa encantadora de dientes blancos que al menos no le disminuían el promedio de horrores.

Una casa ruinosa, una familia resquebrajada, un padre mafioso, una madre mechera. Su malla, además, era roja fosforescente. El gordo éste es un quemo, —me dijo por lo bajo Lucardi. Pero yo no le di bola. Si no le gustaba que se fuera. Él jugaba a las palabras con nosotros, imitaba a Pepe Biondi o a Marrone, nos convidaba cigarrillos, y sobre el atardecer, nos hacía probar la cerveza mientras detallaba alguna hazaña sexual de conocidos. Nunca contó una suya. Estuvimos al sol, el Chochán se había empezado a poner del color del camarón, así que nos refugiamos en esos aleros de paja que imitan los techitos cariocas. La Bella, leyendo un librito, estaba siendo asediada por los galanes que pasaban intentando un acercamiento que ella no concedía. Amparada en anteojos oscuros de carey, fumaba como una lady los Virginia Slims uno tras otro. En un momento me pareció miraba para nuestra mesa. Pasaban los galanes a su alrededor como palometas. Uno lo subrayó. Entonces sobrevino la frase. —Lo que pasa es que me quiere a mí, y está esperando que vaya para que nos metamos en su casa, pero yo, ni mu. ¡Les habla la piraña mayor del continente argentino! —Ni mu, —repetimos. —La muy turra, —cerró los ojos el Gordo con una sonrisa intrigante.

          Nos quedamos callados: él era quien había pagado las Quilmes y había que ser respetuoso, silenciarse ante la desmesura. Toledo dibujó un seno sobre el hielo de la botella: —Lo de “múúú” es por tu peso, ¿no? Chochán lo midió con la mirada y  desperezándose como un oso solamente estiró el brazo y lo tomó del cuello hasta que al infortunado le faltó la respiración y tras un zamarreo final lo soltó de una carcajada como a una marioneta. —Ya me cansaron. No es joda esto, a ver si aprenden que este gordito con cara de boludo no miente nunca y se ha cojido más minas que ninguno. ¿Y saben por qué? ¿Eh? ¿Saben por qué? Ni se imaginan. Soy un espía al que ninguno da dos pesos y por eso les entro por las ventanas abiertas del fondo mientras sus maridos y novios duermen la siesta creyéndose que son mejores que yo. Pedazos de cornudos. Pobrecitos. ¡Las minas se aburren, pendejos, se aburren!.

          Hicimos silencio. Sonaban Los Gatos. Hizo un espacio en la mesa corriendo las botellas. Para explicar mejor, para que lo miráramos a la cara. —Están podridas de todos esos incapaces que no saben ni hablar. En cambio yo uso ésta. En el barrio hasta las señoras grandes me conocen.

Enseñó su lengua, dejó ver un paladar rosáceo, un colmillar de gorila perfecto, un hilito de baba en la punta de su lengua impúdica, pulposa como el corazón de una planta carnívora.

          —Para chamuyarlas la uso, pero más todavía para besarlas donde se debe besar a una mujer, ¿cazan? ¡Otra!  —le gritó al mozo. Contó hasta tres como para demostrar su poderío. —¡Ahora van a ver! —y un estruendo en el cielo nos sobresaltó a todos. —¡Soy un mago!, —gritó el Gordo levantando los brazos. —¡Voy a hacer llover, Dios mío de mi poder de macho! Bailaba en el asiento moviendo las caderas y ponía forma de pico en los dedos como si estuviese por absorber algo. Ahora sí que La Bella miró fijamente hacia la mesa y yo sentí vergüenza.

Un nubarrón  cerró el horizonte y de a poco empezaron a caer lamparones de agua. —Linda siesta para echarse un buen polvo, ¿no chicos? Ninguno dijo que sí, porque desconocíamos mujer. Pero para culminar la tarde aquella de aprendizaje tan sorpresiva vimos como en un sueño a la Bella, levantarse de la arena, sacudirse un  poco y acercarse a la mesa balanceando en el dedo índice la llave de su autito, le dijo al Gordo, tras saludarnos con el encanto de quien tiene mundo: —Se viene el agua… ¿Y, Mauricio? ¿Vamos? Dale, te espero en el fitito. Parecía el parlamento de una película italiana.

Dijo -Chauuu a todos. Y se fue dejando una estela de aroma a bronceador, a crema. Era una chica Bond. Una actriz de teatro. Un aura de olor a maquillaje quedó flotando. Chochán hizo un chasquido con la boca y siguió mirando para otro lado. ¡Parecía tan fácil! ¡Eso estaba ocurriendo como en las películas y Chochán aparecía como el actor principal, el dueño de ese prodigio!

Señoras grandes, grandísimas en edad y tetas preciosas como pomelos… algunas se las mordían con una mano y con la otra se sostenían la melena que caía sobre sus hombros redondos… las manos como garras apoyadas en los muslos de hombres peludos cuyas caras por suerte nunca se veían, solo las porongas veneradas por ellas al lado de sus bocas en una cercanía desesperante pues el flash las había congelado en ese instante y en la próxima hoja la secuencia ya ni estaba: una gorda de pelo batido con dos vergas gigantes adentro que al apretarla parecían extraerle  esa cara de dolor sonriente porque la estaban penetrando ambos y se parecía a cualquiera de las vecinas que no advertíamos su parecido hasta ver a esas señoras ofrecidas ante nosotros, cómplices y perdularios que ya no habríamos de ver más a las hembras cercanas con ojos simples sino imaginando lo que podrían llegar a hacer si quisieran, si pudiéramos, si quisieran, si pudiéramos.

 Se despidió con un ruido de su boca similar al destape de un vino. Tocó la plata con la punta de los dedos para hacernos saber que era él el que garpaba. Y desapareció tras ella moviendo su culo de gordo con orgullo. Caímos en un silencio absoluto. Cuando vimos alejarse el coche con los dos aún seguíamos callados. Toledo tartamudeó algo.

      Todos lo miramos, pero ninguno habló. En el colectivo de vuelta nos sentíamos pasmados como si hubiésemos asistido a un derrumbe, a una magia desaforada que nos dejaba fuera y a la vez nos esperanzaba. Si Chochán lo hacía ¿Porque nosotros no podríamos? ¿Cuál era el secreto? ¡Parecía tan fácil! ¿Era Chochán un hechicero que había pactado con el Demonio? Pregunté en voz alta. Me miraron con lástima. Nadie hablaba enroscado en su envidia. El 71 se movía como una canoa. Empezó a garuar. Toledo interrumpió carraspeando: —Che… lo de hacerle eso a las señoras no lo habrá dicho por alguien de nuestras familias, ¿no? Cada uno se puso a pensar en la madre, en la hermana. A Chochán entonces, además de admirarlo, habíamos empezado a temerle.

Vistas: 4