Autor: Ezequiel Pose

Una épica del Excel. Un poema a la planilla de cálculo. Nada más profundamente argentino que discutir una reforma laboral que te puede bajar el sueldo cuando estás enfermo y presentarla como un acto de valentía republicana.

Mientras el Congreso trata la reforma impulsada por el gobierno de Javier Milei, el famoso artículo 44 se convirtió en la piedra en el zapato. ¿La propuesta original? Que si te enfermás por algo que no esté estrictamente vinculado al trabajo, tu salario pueda reducirse hasta un 50%. Traducido al castellano clásico: si te agarra una neumonía, mala suerte. El mercado no se detiene por tus pulmones.

Después de la reacción social —y del escándalo público— el artículo fue “corregido”. Lo cual es interesante, no porque haya sido una confusión tipográfica sino porque la letra estaba ahí. Escrita. Pensada. Defendida. Hasta que la realidad, esa vieja sindicalista que siempre aparece cuando la invocan, tocó el timbre.

El jefe del bloque PRO, Cristian Ritondo, lo calificó de “inhumano”. Mirá hasta dónde llegó todo. Cuando hasta aliados lo dicen en voz alta, es porque el guion se pasó de rosca. Pero no nos engañemos: quitar una bomba del paquete no convierte el paquete en un regalo.

Más allá del artículo 44, el proyecto avanza sobre varios puntos que alteran el equilibrio histórico entre capital y trabajo:

-Flexibilización de jornadas con esquemas que diluyen el pago de horas extra.

-Cambios en el régimen indemnizatorio que abaratan el despido.

-Prioridad de acuerdos por empresa por sobre convenios colectivos sectoriales.

-Restricciones al derecho de huelga bajo el elegante argumento de “garantizar servicios”.

Todo en nombre de la palabra mágica: “modernización”. En Argentina, modernizar suele significar que el trabajador actualiza su angustia a la versión 2.0. Ahora con menos indemnización y más incertidumbre. Compatible con todos los sistemas operativos excepto el de la dignidad.

La Confederación General del Trabajo reaccionó con un paro general. Y fueron claros: “se están afectando derechos individuales y colectivos conquistados durante décadas”. No es una exageración retórica. La Constitución reconoce la protección del trabajo y la negociación colectiva. El problema es que la Constitución no cotiza en Wall Street y no tiene ticker en Bloomberg. Y la CGT, hay que decirlo también, se tomó su tiempo, la indignación no siempre corre a la velocidad del ajuste.

Desde la CTA Autónoma, Hugo Godoy denunció el ritmo exprés del debate y la escasa participación sindical en la discusión. Más de 200 artículos, minutos contados para opinar. Una maratón legislativa donde el que transpira es el trabajador, no el redactor del proyecto. Democracia de alta velocidad, mucho volumen, poco freno.

Durante semanas, parte del establishment mediático acompañó la narrativa oficial, había que “ordenar”, “actualizar”, “corregir distorsiones”. Pero cuando el artículo 44 salió a la superficie con su crudeza textual, la música cambió.

La Nación publicó columnas admitiendo que el artículo era un problema político serio. El País analizó el conflicto como un punto de inflexión para el gobierno. Cuando hasta los diarios que suelen editorializar con traje y corbata empiezan a fruncir el ceño, es que la cosa dejó de ser una “reforma técnica” y pasó a ser un problema moral.

Incluso voces televisivas como Cristina Pérez dejaron entrever incomodidad en LN+. Cuando la sensibilidad social se cuela en prime time, algo se desacomodó en el libreto.

Y la ministra Patricia Bullrich defendió el espíritu general de la reforma. Pero el daño comunicacional ya estaba hecho. Aunque, para ser justos, no era solo comunicacional. Porque hay cosas que no son un problema de relato sino un problema de contenido. No es que se explicó mal, es que estaba escrito así.

La discusión no es técnica. Es ideológica, como casi todo en esta etapa. ¿El trabajo es un derecho con tutela especial o un contrato más entre partes “libres” que negocian en igualdad? Porque esa igualdad es hermosa en los manuales de microeconomía, pero en la práctica uno tiene una empresa, un estudio jurídico y reservas financieras; el otro tiene que pagar el alquiler el lunes y el colegio el martes.

El discurso oficial insiste en que bajar costos laborales generará empleo. Es una hipótesis económica discutible —muchos especialistas sostienen que el empleo depende más del nivel de actividad que del costo de despido—, pero incluso si aceptáramos esa premisa, queda una pregunta incómoda ¿qué tipo de empleo? ¿Con qué estabilidad? ¿Con qué capacidad real de reclamar? ¿Con qué margen para decir “no”?

Argentina ya probó recetas de flexibilización en los noventa y no terminaron exactamente en un paraíso laboral. La memoria histórica es selectiva, pero no inexistente. Lo que sí parece inexistente es la autocrítica cuando las mismas fórmulas vuelven con otro packaging.

Imaginemos el futuro prometido:

—“¿Por qué faltaste?”
—“Porque estaba enfermo.”
—“Perfecto. Entonces te descontamos medio sueldo. VLLC.”

Es un chiste. Pero no tanto.

La reforma laboral no es un paper universitario ni un hilo viral de X. Es la diferencia entre llegar o no a fin de mes. Entre animarse o no a reclamar. Entre aceptar o no una jornada que te exprime hasta la última gota de energía.

Y lo más inquietante no es que se discuta. Lo inquietante es la naturalidad con la que se presenta como sentido común que el trabajador ceda “un poco más”. Siempre un poco más. Un derecho hoy, otro mañana. Hasta que el “poco” se convierte en estructura y la excepción se vuelve regla.

Esta nota no pretende ofrecer consignas fáciles, pretende dejar una pregunta incómoda que no se resuelve con slogans ni con gráficos ascendentes en PowerPoint.

Si el progreso implica retroceder en derechos básicos, ¿progreso para quién es?

Porque una cosa es modernizar y otra es retroceder con Wi-Fi.
Una cosa es reformar y otra es licuar.
Y una cosa es libertad y otra es quedarse solo frente al mercado, con fiebre y sin sueldo.

Que nadie nos venda como innovación lo que huele a pasado. Y que nadie nos convenza de que la dignidad también es un “costo” a optimizar.

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