Autor: Clark Ashton Smith
En una tierra quemada de cenizas, sin verdura y desnuda, en voz alta me quejé del sol, la tierra y el aire, y en mis pensamientos, como casualmente vago por ellos, afilé contra mi corazón la daga que había desenvainado, hasta que a la luna llena vi descender sobre mi cabeza una enorme nube funeraria, preñada de tormentas pendiendo de ella, desde donde una bandada de viciosos demonios me miraba atentamente, como curiosos, crueles enanos desde algún balcón elevado, considerándome con frialdad. Entonces, como un transeúnte, que hacen un raro deporte de espiar a algún pobre loco, los he oído reírse y susurrar, inclinándose el uno al otro con guiños malignos y señas más obscenas que su discurso:
“En ocio contemplar esta grotesca caricatura, este payaso que hizo un burlesque del papel de Hamlet, con ojos salvajemente rodando y cerraduras sobre el viento. Verdaderamente, no es más penoso encontrar a este mendicante, este actor ocioso, este pobre gracioso, quien, habiendo aprendido a interpretar su único rol exitoso, mientras entonaba así sus penosas canciones, soñaba con ganar la preocupación del águila, el grillo, la flor y la corriente, y hasta para nosotros, que hemos dispuesto tales modas hace mucho tiempo ¿aullaba con voz ronca sus monólogos públicos de dolor?”
Con orgullo que se elevó como las montañas más altas para aplacar la henchida nube, el llanto de los demonios, hubiera girado mi cabeza, garantizando ninguna señal o palabra, si no hubiese visto, en medio de toda aquella manada inmunda a mi reina con ojos sin igual y pecho sin mancha, ¡oh, el crimen de sacudir al mismo sol de la bóveda del cielo! Ella ríó hasta cuando ellos, burlándose de mi angustia, le daban de vez en cuando alguna caricia sucia y obscena.
