Autor: Hugo Müller
Uno de los talentos especiales del presidente estadounidense es que revela la absurda obsolescencia de ciertas tradiciones. Una de ellas es la obligación del presidente de ofrecer un discurso para evaluar su gobierno, donde todos suelen elogiarse desmedidamente y omitir todos los desastres y cagadas que cometen, cosa en la que Trump sobresale a partir de un narcicismo tan exacerbado como injustificable.
Cuando separa los hechos de la formulación de políticas y se basa en mitos y estafas para guiar sus decisiones, convierte en inútiles e impotentes amplios campos de investigación. Cuando miente en público, e insiste en que sus fantasías y distorsiones dictarán el curso de la acción del gobierno, nos preguntamos por qué los estadounidenses -y el mundo entero- cayó en las manos de un multimillonario geronte y mafioso con el poder de destruir el planeta.
Para sintetizar, el discurso del presidente yanqui -que actuó más como emperador del mundo en su segundo mandato- fue totalmente incoherente, plagado de mentiras, improvisaciones reveladoras de una senilidad feroz, y digresiones que eran intentos de dilatar el tiempo, careciendo del menor contenido político. El presidente-emperador parecía agotado, leía con serias dificultades el teleprompter. Se aferraba con fuerza desesperada al atril, y hacia el final de su burdo show su voz tenía una ronquera truculenta.
En su diarrea verbal Trump abordó sus temas recurrentes: la supuesta criminalidad e inferioridad de los inmigrantes; insultar y acusar de mentirosos a sus opositores, sus virtudes y resentimientos personales. Pero no ofreció ni una idea sobre políticas públicas, se contradijo en cuestiones cruciales, malinterpretó hechos evidentes y evitó toda mención de los temas que más preocupan a los estadounidenses, como la inflación, la recesión y una crisis industrial severa, por no mencionar la violación constante de los derechos humanos de los estadounidenses por parte de un gobierno autoritario y supremacista.
En su rol de celebrity del entretenimiento, vanaglorió al equipo de hockey sobre hielo masculino, que obtuvo el oro para Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Invierno ganándole heroicamente a Canadá en el último suspiro del match. Por ello, los papoteados y descerebrados jugadores de hockey trumpistas desfilaron para aclamar a su ídolo de la imbecilidad.
Fueron descaradas sus mentiras sobre el retroceso en salud que está experimentando Estados Unidos, y el grado de demencia que han alcanzado los psicópatas en sus clusters de hospitales psiquiátricos. Enfermedades que se erradicaron por más de cien años volvieron a las calles de las ciudades estadounidenses, y el otro día hasta el río Potomac se desbordó con aguas cloacales, por lo que el rubicundo emperador naranja debió decretar la emergencia sanitaria en Washington DC.
En otra parte de su desgraciada alocución, sostuvo, con su descaro vulgar y típico de mafioso criminal, que su secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y el posterior chantaje económico a ese país estaban creando nuevas oportunidades para el pueblo venezolano.
Hasta sus frases de relleno apestaban a hipocresía y cinismo, atreviéndose a propalar: «Estamos construyendo una nación en la que todos los niños tengan la oportunidad de crecer y llegar más lejos». Era una alusión a Liam Conejo Ramos y a todos los demás niños encarcelados en los campos de concentración del ICE, cuya educación, promesas, sueños y libertad han sido sacrificados al racismo de su administración.
Quizás lo más irritante de todo fue que culpó a los inmigrantes, en particular a la población somalí-estadounidense de Minnesota, de importar la corrupción a Estados Unidos. El típico modus-operandi de la ultraderecha lumpen, de acusar a sus víctimas de lo que ellos esencialmente son. Para poder hablar de corrupción y comprender la profundidad del concepto, Trump sólo se tendría que mirar por más de cinco segundos a un espejo.
Según una reciente encuesta del multimedios CNN, trumpista hasta la médula, su popularidad o nivel de aceptación ha caído ya al 36% de la población estadounidense, en un panorama económico interno que pinta sombrío, con niveles de pobreza que no tienen nada para envidiarle a las colonias bananeras que tiene intimidadas con la piratería y los asesinatos extrajudiciales de su marina de guerra. El trabajador estadounidense promedio sufre y se angustia ante la pérdida del poder adquisitivo de su salario.
Un último párrafo para los demócratas que asistieron a la velada, sabiendo que los iban a injuriar y humillar. La mitad decidió sabiamente ausentarse de semejante evento y alejados del patetismo seguramente se cagaron de risa escuchándolo desde sus televisores. Los que se animaron a asistir toleraron estoicamente y con civilidad la crueldad y el cretinismo desencadenados del emperador geronte y genocida.
