Autor: Ezequiel Pose

En la Argentina pasan cosas extraordinarias. Por ejemplo que la inflación baja, la gente no lo siente, el ministro lo celebra, el INDEC lo mide, el director del INDEC renuncia y todos juran que no pasó nada. Normalidad institucional, le dicen.

La renuncia de Marco Lavagna no fue un rayo en cielo despejado. Fue más bien como cuando ves venir la tormenta, te avisan que no salgas sin paraguas y aun así alguien decide salir sin paraguas. Lavagna se fue justo cuando el organismo estaba listo para cambiar la metodología del índice de precios al consumidor (IPC), una coincidencia tan elegante que ni el realismo mágico se habría animado a tanto.

El argumento oficial es impecable en su lógica interna: “No vamos a cambiar el índice ahora porque la inflación está bajando”. Traducido al castellano rioplatense se diría que si cambiamos el termómetro capaz aparece la fiebre, y justo ahora estamos diciendo que el paciente está mejor. Ciencia médica aplicada a la macroeconomía.

Aclaremos algo importante, nadie dice que el INDEC esté “mintiendo”. Eso sería burdo, tosco, kirchnerismo 2012. Hoy el arte es más sofisticado, no se falsifican datos sino que se elige cuidadosamente cómo medirlos. No se dibuja con crayones, se hace data design.

Desde la ciencia política esto tiene nombre, intervención blanda sobre dispositivos técnicos. No tocas el número final, tocas el camino para llegar a él. Cambias ponderaciones, actualizas (o no) canastas, postergas decisiones “técnicas” hasta que el contexto político sea más amigable. Todo muy republicano, pero con timing electoral.

Lavagna, que venía sosteniendo la idea de que un índice debe reflejar hábitos reales de consumo (una idea extrañamente estadística para estos tiempos), decidió irse. Tal vez porque entendió que el INDEC puede soportar muchas cosas, pero no sobrevive bien cuando deja de incomodar al poder.

En este clima aparece Luis Caputo, ministro de Economía y nuevo influencer del consumo global, explicándonos que él nunca compró ropa en Argentina porque era cara. Un argumento sólido, empírico y profundamente científico “Yo no compro acá, luego el problema es el país”.

Desde el punto de vista político, la frase es brillante. No explica la estructura de costos, no habla de logística, impuestos, informalidad ni productividad. Directamente deslegitima al sector. Es la versión liberal de “si sos pobre es porque querés”, pero aplicada a una industria entera.

El problema es que mientras Caputo compra camperas en Miami, la industria textil argentina se está deshilachando. Plantas trabajando al 30% de su capacidad, despidos, cierres, sindicatos en alerta. Pero tranquilos: el consumidor puede conseguir una remera más barata por Shein, así que el modelo funciona y el desempleo es un daño colateral estadístico, nada grave.

Acá entra la parte incómoda para el Gobierno; los datos no solo miden la realidad, la legitiman. Cuando el INDEC publica un número, no está diciendo solo cuánto subieron los precios; está diciendo qué versión de la realidad merece ser creída.

Por eso la salida de Lavagna es grave, aunque se la quiera vestir de trámite administrativo. Porque cuando un director técnico se va justo antes de aplicar un cambio metodológico largamente consensuado, el mensaje es claro: la estadística puede esperar, la política no.

La paradoja es deliciosa, casi cruel. El Gobierno necesita que la inflación baje para sostener su programa, pero cada decisión que toma para “cuidar” ese relato erosiona la confianza en los datos. Y sin confianza, los números se vuelven decorativos.

Argentina ya vivió esto, sabemos cómo termina. Cuando nadie cree en el índice oficial, cada sector arma el suyo, cada salario se negocia a ciegas y cada discusión económica se vuelve una pelea de fe. No es una novedad, es una remake.

No estamos ante un escándalo estadístico clásico, estamos ante algo más moderno y más peligroso; una economía gobernada por el relato, con datos que acompañan cuando conviene y se postergan cuando molestan.

Lavagna se fue. El IPC sigue. Caputo tuitea. La inflación baja. La industria textil se hunde. Y el INDEC, una vez más, queda en el centro de una pregunta incómoda: ¿Medimos la realidad para entenderla o la acomodamos para que no arruine el discurso?

En  Argentina, lamentablemente, ya conocemos la respuesta. Y casi nunca viene con factura.

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