Autor: Nesrine Malik
Dos eventos yuxtapuestos dan una idea de lo que rápidamente ha tomado forma en Estados Unidos. En uno, Melania Trump lanza su documental que cuenta su retorno a la Casa Blanca. Amazon se aseguró los derechos del documental pagándole a la primera dama 75 millones de dólares, pero la pobre venta de tickets demuestra que no se trata de un proyecto puramente comercial.
En el otro, el Washington Post despide a 200 trabajadores, la mayoría del personal en el extranjero y una considerable porción de su sala de redacción. Tanto Melania como el Washington Post le pertenecen a Jeff Bezos, el repugnante aliado multimillonario de Trump que se casó en Venecia en una suntuosa boda llena de techno-bros y empresarios mafiosos. Sus dos decisiones, invertir en propaganda estatal y desinvertir en el cuarto poder, que supuestamente tiene la capacidad de exigir responsabilidades al poder, revelan mucho sobre cómo el capital y el autoritarismo unen fuerzas para decidir lo que las grandes audiencias leen y ven.
La cadena CBS también está en problemas. En julio del año pasado, otro multimillonario tecnológico aliado de Donald Trump, Larry Ellison, y su hijo, el productor de Hollywood David, se hicieron cargo de Paramount, que posee CBS News. La ex columnista del New York Times y, más recientemente, fundadora del blog anti-woke Free Press, Bari Weiss, fue designada para dirigir CBS News. Rápidamente se encontró con problemas, ya que muchos periodistas se resistieron a sus decisiones editoriales, por lo que debió echarlos, haciendo un recorte en la plantilla que produjo ochenta despidos en su sala de redacción.
Lo revelador es lo que queda de estos medios. Weiss ha anunciado que ha incorporado a una gran cantidad de columnistas y que quiere poner «mucho énfasis en las primicias… sobre todo en las primicias de ideas. Primicias de explicaciones». En resumen: más calor, menos luz. La sección de opinión del Washington Post también es de interés para Bezos, quien anunció el año pasado que sus páginas «escribirían todos los días en apoyo y defensa de dos pilares: las libertades personales y los mercados libres… los puntos de vista contrarios a esos pilares se dejarán para que los publiquen otros».
Esta fetichización de los artículos de opinión es una mala señal. Los puntos de vista deben ir de la mano de la cobertura de las noticias nacionales y mundiales. La cobertura de las noticias no debe utilizarse con fines partidistas ni ser canibalizada para hacer comentarios. Pero, más que nada, este giro es un síntoma de que los medios de comunicación, en manos de Trump y los techno-bros, ya no buscan informar sobre el mundo tal y como es, sino crear el mundo tal y como desean que sea.
Los argumentos del régimen de Trump a favor de que los «terroristas nacionales» sean asesinados merecidamente en las calles de Estados Unidos se tratan como cuestiones de opinión que simplemente deben ser expresadas. La realidad misma se ha vuelto retorcida y discutible. Lo que la gente ha presenciado con sus propios ojos y oídos es cuestionado por comentarios continuos de mentiras y conjeturas, a los que se les da el sello de la verdad al ser mostrados o impresos en plataformas creíbles.
Pero este cambio de las noticias a las opiniones forma parte de algo más amplio. La política se ha convertido en una representación narrativa sobre quién es amigo y quién es enemigo. Aprovecha las emociones del público agitando y provocando el miedo. Canalizar y enfatizar estos sentimientos se convierte entonces en el negocio de los medios de comunicación. Mientras tanto, las estructuras de poder reales permanecen intactas. Esto es lo que Walter Benjamin denominó la «estetización de la política» bajo el fascismo.
En esta era de medios de comunicación propiedad de magnates tecnológicos, las decisiones siguen estos gustos fascistas allá donde miren. ¿De qué sirve la cobertura internacional, un esfuerzo costoso y que requiere mucho tiempo, cuando el mundo en general se considera un lugar lleno de enemigos y parásitos a los que hay que aislar o someter? ¿A quién le importan las investigaciones exhaustivas sobre los abusos de poder? ¿O los reportajes que exploran los detalles de la vida de personas de otros lugares?
El impacto es una degradación de la forma misma en que los seres humanos se comunican entre sí y hablan unos de otros. El conocimiento y la afinidad con los demás son aspectos que deben eliminarse bajo el autoritarismo. Lo mismo ocurre con la expresión artística, como demuestra la toma de control por parte de Trump de lo que era el Centro Kennedy y el ataque al Smithsonian. Lo que algunos consideran instituciones estadounidenses antiguas y venerables, el emperador mafioso los ve como órganos de un antiguo régimen que deben reutilizarse. Esto es lo que ocurre en los golpes de Estado: todo lo que se asocia con los valores y el estilo del antiguo orden es desarraigado.
La autocracia tritura lentamente y escupe todo lo que es impertinente. Los multimillonarios, que han acumulado mucho más dinero y poder del que es saludable para una democracia, son los dueños de las máquinas. Los que les prestan servicios son inadaptados, idiotas útiles y buscadores de atención. Esta trituración se venderá como pragmatismo, simplemente dando a los lectores y espectadores lo que quieren. En un mundo en el que las finanzas de los medios tradicionales son insostenibles y la capacidad de atención está agotada, dirán que el periodismo exige demasiado a los recursos institucionales y al público.
Estos problemas son reales —el periodismo es una industria en crisis y la tecnología está degradando nuestra capacidad para aprender y pensar—, pero es patético que las soluciones a estos problemas tiendan hacia la introducción de más voces de energúmenos de la ultraderecha, el privilegio de la expresión sobre la información y la disminución de la capacidad para dar testimonio de una experiencia humana global.
No es casualidad que los magnates tecnológicos a quienes se ha confiado la búsqueda de soluciones sean cercanos o estén asociados con personas vinculadas al gobierno de Trump. Y ese gobierno es el que ha declarado la guerra al periodismo, con sus «noticias falsas», y ahora incluso está arrestando a periodistas. De ninguna manera los Ellison o los Bezos son administradores de buena fe de los medios de comunicación, preocupados únicamente por la viabilidad del periodismo en un mundo cambiante. Todo esto apesta hasta el cielo.
