Autor: Bob Hicok
Hay una caja en el hospital en la cual depositar niños que no parece que vayan a ganar el premio nobel.
Ellos acunan a su hijo pasando la caja, aunque él haya nacido con una fábrica de almohadas donde debería estar su corazón.
Esa primera noche, ellos se turnaron para poner sus orejas en su pecho, escuchando a las plumas ser clasificadas, y se preguntaron qué tipo de pájaros perdieron sus vidas para que la sangre del sueño pudiera soñar a través de sus venas.
Palomas, esperaba ella.
Gallos, dijo su padre, sorprendiéndose.
A la escuela para alumnos especiales, su mejor amigo, una chica cuyos huesos del cuello eran las sombras de osos, lo besó de algún modo desde el otro lado del columpio.
El chico cuyos ojos eran casas de luz dijo, ahora se tienen que casar.
Veinte años después, cuando lo hicieron, ellos volvieron e hicieron el amor en aquella hamaca, en el medio, balanceándose ligero arriba y abajo, aunque los extremos nunca tocaron la tierra.
Su hija desconocía todo esto hasta que un día ella lloró porque no podía treparse o caer como los otros chicos en la escuela.
Su madre, mientras explicaba la concepción del equilibrio incomparable de la chica, trenzó su pelo en un cisne real, un cisne negro que hizo que la chica sintiera que su cabeza era un estanque en un día sin viento, que es lo que ella escribió en su diario. Mi cabeza es un estanque en un día sin viento, conduciendo a su diario a escribir en su diario, no tenía el corazón para decirle que yo sentía una brisa, y en esa brisa olía una tormenta, y en esa tormenta oía el grito de árboles, porque el diario había sido levantado para guardar sus pensamientos para él, con caligrafía perfecta, en la creencia de que palabras y cuerpos que lo admitirían preguntarían “mi experiencia de lo trascendental siempre ha sido una secundaria” pero continúan, todavía, haciendo el trabajo que les pedimos, sostener todo lo que nuestros brazos no pueden.
