Autor: Bob Hicok
Eros se revuelve con rabia, furia e ímpetu, como en Gare du Nord, desde donde ingresé a Paris por tren, sin fumar yerba en Master Mad, lo siento, Amsterdam, con sus canales llamados grachts y relojes que resonaban en mis horas de nostalgia en diferentes momentos. Lo cual es un golpe para tus tipos violetas, una flor que dice “ámalo” si la escuchas. Yo, lo hago y no siento que importe que el mal prospere en la vida, que estropeamos y destrozamos cada cosa en pedazos y luego intentamos remendar un sendero de retorno a casa, es nuestra lotería en la vida, no tener noción qué desastre natural es cuando ese desastre somos nosotros. Eso es lo que amo del encogimiento, sin la boca dice algo que se vuelve más aeróbico cuanto más admites lo poco que conoces, ¿sabes? Hay barullo allá afuera, niños, con resbalones, deslizamientos y eludidas realmente geniales, dependiendo de lo que se haya roto, como a la luz de la mano o el ligero de y, pero mejor me doy cuenta antes que tú te des cuenta de lo chato que es este análisis. Además, qué otra cosa puedo decir del lenguaje que es un huevo anal en necesidad de una gloriosa u. Palabras o espada -escoge tu veneno-. Cada vez que intento abrir el pico para hablar, la labia para averiguar qué están tramando realmente nuestros fideos, me desconcierta que las herramientas que utilizo sean el banco en el que me subo para ver una entrada o una salida. Ni siquiera puedo decir si estoy más atrapado o raptado, si el significado significa o el juego es un camarero lento paseando como un sonámbulo de aquí para allá. Pero has notado que leer deviene en querer si ignoras el mundo mientras lo encuentras y descubres en ti girar la palabra, en el modo en que resolver y amores son los mismos huesos, diferentes esqueletos.
