Reporte desde la caja negra

Autor: Bob Hicok

A Flaco
Una cabeza más fresca de lechuga prevaleció, pero cuando el actor hizo su pregunta y una pausa para que nosotros lo observáramos pensar en ella, yo casí pregunté como si estuviéramos en un bar, solo los dos, un balcón y un foco de luz. Los dos y programas, maquillaje y un sofá del living del director y el negro/vientre/ágora/escenario del teatro invitándonos a sentirnos solos juntos. Recuerdo que no recuerdo la pregunta pero su alcance en su rostro fue inmenso, como si él fuera la Vía Láctea preguntando si soy bonito, si estoy aquí de verdad, para siempre, y mi respiración era el silencioso susurro de la hierba alta contra los hombros de un gato acechante en la noche, de hecho abrí mi boca antes de que realmente pensara que estarás drogada y no en el buen modo, no con piedras de lenguas, piedras de dedos, contra mi frente, pero el juego era turbio, tangible y lleno de etcéteras de los que estoy lleno y por qué no querría desear una charla, eso es una pregunta, el poema te está pidiendo que respondas donde estés, que estés sin mí es el problema que el teatro resuelve, desde que nos sentamos juntos en la penumbra con la oscuridad porque lo oscuro merece un rostro, un soliloquio, un amante, una reverencia al fin. Cuando siempre pregunto si los jugadores se arrepienten de que las luces suban y ellos nos vean como los estamos viendo a ellos como eran, qué extraño espejo es ese, mostrando un lado de súbita apreciación y la reanudación de los extremos sueltos, el otro las vastas y devocionales posibilidades de ser secuestrado por un sueño, ¿y cuál lado es en el que estás adentro?

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