Oh, mi papá

Autor: Bob Hicok

Nuestros padres formaron un taller de poesía. Ellos se sientan en un círculo de decepción sobre nuestras bolas rápidas y esposas. Pensamos que ellos no leyeron nuestro material, antologías completas de poemas que comienzan, Mi padre jamás, o esos que terminan, y él era silencioso como una carpa, o esos con medios que, si piensas en el lado correcto como un boceto, parecen una barriga de cerveza y preocupación, pero secretamente, con relámpagos en los bosques, ellos han leído cada palabra y advertido que nuestros nueve poemas felices tienen globos y sexo y jirafas adentro, pero no un papá saludando desde la cima de una colina al atardecer. Suya es la revancha de la escuela de poesía con títulos como ‘Mi chico de la hoja amarilla’ y ‘Dado el gusto de tu madre por el vodka, estoy bien seguro de que no eres mía’. Ellos no están tratando de mejorar los poemas, tan agudos o sonoros, más como un anzuelo o electrocución, como un grupo ellos superan sus senilidades individuales, su completo disgusto por el lenguaje, qué empalagoso es, cómo puede ser como lágrimas, y recuerdan cada mención de sus largas horas en la oficina o qué cansados estaban cuando volvían a casa, cuando eran arrastrados por la puerta por sus sombras. No sé por qué es tan difícil escribir un poema simple y amable a mi padre, que trabajó, no como un perro, los perros duermen la mayor parte del día en una bola de deseo de cazar algo, sino como un hombre, un hombre con siete chicos y una casa que alimentar, cuya ausencia era su presencia, su presente, los Cheerios, las PF Flyers, que me enseñaban cosas sobre árboles, que ellos son la versión más intrincada de levantarse, que construyeron un reloj de abuelo conmigo para que aprendiera que el tiempo es una cosa construida, una fantasía elegante y pasajera. Una bomba. Una bomba que se apagará pronto para él, para mí, y advierto en los poemas de nuestros padres un vivir recíproco en ausencia, que ellos se preguntan por qué desaparecemos tan pronto como obtenemos nuestras licencias, por qué queríamos autos cohetes, como si escapáramos de ellos para besar chicas que se veían como espejos de nuestras madres, no fueran lo suficiente veloces para formar las palabras hola o quédate, pero nosotros giraríamos a una puerta llena de sol, en la hoja ardiente, y nos habíamos ido antes de que asumieron de que estaba todo bien para gritar, que ellos deberían habernos derribado con una mano en nuestras espaldas, que ellos también están mistificados por la distancia que los hombres necesitan en su amor.

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