Autor: Ezequiel Pose
Esta semana, mientras en Argentina la heladera sigue funcionando como mueble decorativo y el salario mínimo compite en valor con una propina europea, Javier Milei decidió que el problema real del país estaba, una vez más, en Suiza. Más precisamente, en Davos. Ese parque temático donde los ricos del mundo se juntan a fingir que se preocupan por la humanidad entre canapé y canapé.
Allí fue el Presidente, envuelto en su habitual mística mesiánica, a explicar el capitalismo a gente que ya lo domina desde el siglo XVIII, y a denunciar al “colectivismo”, palabra que en su diccionario parece incluir desde Marx hasta cualquier impuesto que no le guste.
La agenda fue intensa. Discursos grandilocuentes, reuniones con empresarios, entrevistas complacientes y la clásica puesta en escena del outsider antisistema, invitado VIP del sistema. Milei volvió a presentarse como el rebelde que lucha contra la “casta”, solo que esta vez rodeado de CEOs, banqueros y fondos de inversión que jamás pisaron una verdulería sin asistente.
El mensaje fue claro y repetido: Argentina está abierta al mundo. Al capital. A la desregulación. A la motosierra. Y, si hace falta, también a rematar lo que quede.
Todo muy épico, muy “rockstar”, muy de manual motivacional para millonarios aburridos.
En su intervención, Milei volvió a su hit favorito: Occidente en decadencia, el wokismo como villano, el Estado como encarnación del Mal. América —según el Presidente— sería el nuevo faro que ilumina al mundo. Lo curioso es que ese faro parece funcionar a gas, con cortes programados y tarifa dolarizada.
Mientras tanto, puertas adentro, la Argentina real —esa que no entra en Davos— sigue intentando entender cómo encaja en este relato heroico: jubilados ajustados para “equilibrar”, universidades desfinanciadas por sospechosas de pensamiento, científicos convertidos en gasto innecesario y trabajadores invitados a “hacer sacrificios” que nunca hacen los mismos.
Pero tranquilos: en Davos aplaudieron. Y eso, al parecer, es gobernar.
Hay algo casi místico en este gobierno: el sufrimiento social no es un problema, es una prueba. Una especie de purgatorio económico donde el pueblo debe expiar décadas de “populismo” mientras el Presidente predica desde la cima de la montaña o desde Davos, que es más o menos lo mismo pero con mejor catering.
Porque en el mileísmo la pobreza no es una consecuencia, es una etapa. Una transición inevitable hacia un futuro glorioso que, casualmente, siempre está un poco más adelante. Como el horizonte. Caminás, caminás, y nunca llegás, pero te dicen que sigas agradecido porque ahora el mercado es libre.
El discurso oficial repite que el Estado es una estafa, una organización criminal, una máquina de robar. Sin embargo, el Presidente cobra del Estado, viaja con recursos del Estado, gobierna desde el Estado y necesita del Estado para que la gente no se muera demasiado rápido.
No hay contradicción: el Estado es malo solo cuando protege a otros. Cuando garantiza derechos, molesta. Cuando financia educación, es adoctrinamiento. Cuando cuida jubilados, es socialismo. Pero cuando paga sueldos, custodias, vuelos internacionales y logística presidencial, ahí mágicamente se vuelve “inevitable”.
Nos prometieron el fin de la casta. Lo que no aclararon es que la casta no se elimina: se renueva.
Hoy ya no usa traje gris ni habla de justicia social. Ahora habla de “libertad”, de “mercado”, de “eficiencia”. Y sigue tomando decisiones lejos, arriba y sin consecuencias personales.
La motosierra nunca apunta hacia arriba. Nunca corta privilegios estructurales. Nunca llega a los verdaderos centros de poder. Pero qué bien corta abajo, donde estamos nosotros.
Hubo también expectativa de cruces con líderes internacionales, fotos, gestos simbólicos. Porque en la política exterior libertaria la diplomacia es secundaria, lo central es la selfie ideológica. Milei no viaja a negociar, viaja a confirmar que piensa igual que un grupo muy específico de personas muy poderosas que no viven en Argentina ni cobran en pesos.
Davos no es una cumbre. Es un ritual.
Una misa laica donde los poderosos del mundo se reúnen a decir que todo es muy complejo, que hay que hacer ajustes dolorosos, y que la desigualdad es una pena inevitable.
Milei encaja perfecto ahí. Porque su discurso les resuelve un problema moral: si el mercado es una ley natural, entonces nadie es responsable. No hay decisiones políticas, sólo consecuencias inevitables. No hay culpables, solo pobres que no se adaptaron.
Argentina volvió a ser lo que históricamente fue para el mundo financiero, un laboratorio. La diferencia es que ahora el propio Presidente se ofrece como jefe de experimentos.
¿Qué pasa si destruimos el Estado?
¿Qué pasa si desfinanciamos todo al mismo tiempo?
¿Qué pasa si la “libertad” llega antes que la comida?
No importa. Se prueba igual.
Total, el costo no lo pagan quienes diseñan el experimento.
Milei no es un error del sistema, es una consecuencia.
Es el resultado de una democracia vaciada de expectativas, de una política que dejó de mejorar vidas y de una sociedad cansada a la que le vendieron crueldad como sinceridad. El problema es creer que gritar verdades incómodas reemplaza gobernar, que destruir es más fácil que construir y que el odio al Estado alcanza para organizar una sociedad compleja.
Mientras el Presidente da discursos frente a millonarios extranjeros, quedan flotando algunas preguntas incómodas:
¿Qué tipo de país necesita humillar a sus propios ciudadanos para “ordenarse”?
¿Qué libertad es posible cuando sobrevivir ocupa toda la energía?
¿Cuánta pobreza es aceptable antes de que el experimento sea un fracaso?
¿Quién decide cuándo “ya tocamos fondo”?
¿Quién paga mientras tanto?
Milei fue a Davos a explicar que la Argentina del futuro será brillante, eficiente y libre. El problema es que el presente se parece cada vez más a una advertencia.
Quizás el mercado se autorregule, la inversión llegue y el derrame exista.
Pero si ese futuro necesita primero romper todo lo que sostiene la vida cotidiana, entonces no es un proyecto de país, es una apuesta.
Y las apuestas, cuando salen mal, no las pagan quienes juegan desde arriba.
