Autor: Bob Hicok

Escuché a gente después de los tiroteos. Gente que conocía, o casi, o no conocía. Principalmente el mismo mensaje: qué horrible fue, qué poco había para decir sobre cuán horrible fue. La gente escribió, llamó, mayormente mandó emails porque ellos saben que doy clases en Virginia Tech, para decir que no hay nada para decir. Eventualmente yo respondí a esos mensajes: no hay nada para responder excepto por supuesto que no hay nada para decir, gracias por su disposición a decirlo. Porque esto se trataba de nada. Un chico que sintió que era nada, que se borró e ingresó a esa eliminación, y las armas que son buenas para nada, y hablar de armas, eso es bueno para nada, y la primavera que es buena para las flores, y Jesús para algunos, y el escocés para otros, y “y” para mí en este poema, “y” que es bueno para coser los minutos, que de otro modo andan por ahí yéndose, desprovistos de nosotros y nosotros de ellos. Como una bufanda dejada en un tren y nada como una bufanda dejada en un tren. Como si el tren, vacío de todo salvo una bufanda, aún abriera sus puertas en cada parada, porque esto es lo que hace un tren, esto es lo que hace un hombre con su mano en una palanca, porque de otro modo, por qué la palanca, por qué la mano, y luego estaba terminado, y entonces sólo había comenzado.

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