Autor: Bob Hicok
Eramos jóvenes y era un logro tener un cuerpo. Nadie dijo esto. Nadie dijo más allá de “lánzame aquel cielo” o “¿puede quedarse a dormir el lago?” El lago no podría. El lago fue enviado a casa y yo comí demasiadas remolachas y andaba con la lengua morada preocupado por mi hermano quemando la tarjeta de reclutamiento para ir a la guerra. Otros hermanos se convirtieron en agujeros en primera base en la guerra, luego unos cuantos agujeros regresando de la guerra con sus chaquetas siempre verdes, con bolsillos por doquier y solapas para las balas perdidas, me preguntaba cómo adorar a estos gigantes. Ninguno quería hablarme o parecía que ninguno, salvo el río o ciertas curvas sin casco a alta velocidad, yo tenía mi cuerpo y lo lanzaba sobre ramas y vallas hacia mi malhumor venidero mientras la gravedad de las caderas de las chicas comenzaba y mi hermano se marchaba para marchar contra la guerra. Yo observaba diferentes masas de cuerpos en la TV, gente diciendo no a la jungla con granadas y gente diciendo no a las granadas con señales y mi padre diciendo no a todo ello con el rechinar de dientes con el que hablaba. Yo pedaleaba tras los nuestros arriba y debajo de una colina como si de algún modo fuera un rosario, de algún modo mi cuerpo fuera una oración que podía cantar dejando que se soltara con otros como yo dando vueltas, el todo debajo de cinco pies de altura, ese era nuestro, el todo debajo, la línea adulta de la vista que era nuestra para sostenerla tanto como pudiéramos: un año, un verano
Hasta que el mariscal de campo regresó sin… bueno, sin nada. Cuando el próximo Adonis avanzó para lanzar la bomba.
