Autor: Bob Hicok

Nadie que conozca es un dios. Una madre y su hijo caen en las millones de manos del río, del aplastamiento y el agarre del río. Ellos van por abajo, trepan por el agua sin cuerdas, olas, abren sus bocas y gritan, silencios húmedos mientras se deslizan de vuelta hacia abajo. Un hombre salta para salvarlos, deja la orilla como una aguja en los fangosos tendones del río, una mujer salta para salvar su desaparición y a la madre y el hijo, y es desnudada por la corriente, su bombacha hundiéndose justo a su lado, otro hombre salta para salvarlos a todos y una mujer salta detrás de él para salvar a todos más uno, llegan coches y la gente sale y salta al río, el río está siendo llenado con lo que sea tienen en sus bolsillos y sus manos y sus ojos, con monedas y billetes de dólar y biblias y puestas de sol, las hermosas pinceladas de este día que muere maravillosamente, gente apilándose como un río dentro de un río, continúan llegando y sumergiéndose, continúan alimentando el agua con su aliento, el agua que cada vez es menos, que adelgaza, hasta que la madre y el hijo se levantan en un montículo de muertos y extraños, el sol calentándolos, bendiciendo sus rostros que se secan lentamente.

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