Autor: Bob Hicok

El tiene cinco hijos, yo soy papá de cien lápices. Yo compré la silla donde él se sentó de un libro de sillas, grapadoras y clavos que me permiten jugar a ser Vlad el Empalador con memorándums invadiendo. Cuando dije tengo que despedirte nació un universo paralelo en su rostro, uno donde la carne es una camisa suelta tomada al río y golpeada contra las rocas. Justo al abrir mi boca destruí su fe en que es un hombre que puede pensar en jamón almibarado y actuar el pensamiento con plástico o billetes. Nos sentamos.

Contemplé mis manos, él contempló la pared contemplando mis manos. Yo dije otras cosas sobre el excelente trabajo que él había hecho y los ciclos del negocio que son como los pensamientos de montaña rusa de un osciloscopio. Todo este tiempo yo veía los ojos de su esposa, que siempre habían sido marrones como almendras pero ahora eran marrones como la corteza del pan. Caminamos a la puerta, yo sacudí su mano, sentí los huesos pretendiendo ser fuertes. En su camino a casa había una canción alegre porque de Sade inventó la radio, la ventana estaba abierta, él vio delfinios pero no podía recordar el nombre. Yo sólo puedo adivinarlo. Quizás a cada salida que hubiese conducido su cuerpo a Tempe, a Marte, él estaba tentado a olvidar su equipo de básquet de hijos, o que siempre le gustó ayudar a su esposa a limpiar zanahorias, el sumidero plateado volviéndose naranja.
Correr es natural para muchos animales que no son parte de una serie de lecturas de los extremos muertos de la Naturaleza. Cuando se lo dije, vi que él estaba buscando un lugar en su cerebro para ocultar su cerebro, yo intenté eso más tarde con cerveza, funcionó hasta que me paré en el inodoro para hacer mi pequeña catarata, y pensé en él empujando hacia atrás de una barra para ir y hacer el mismo ruido.

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