Autor: Bob Hicok
Llamé a un hombre hoy. Luego de que dijo hola y yo dije hola hubo una pausa durante la cual hubiese sido confuso decir hola de nuevo, entonces dije cómo anda y adivinen qué, él dijo bien y preguntó en voz alta cómo andaba yo y resulta que estoy bien. El estaba en el sofá observando autos pintados con anuncios de Budweiser, los autos siguen a los pintados con anuncios de Tide alrededor de una pista ovalada que es una metáfora de la vida porque la mayoría de nosotros nos quedamos sin gasolina y nos asentamos para emborracharnos en las gradas y gritarle a alguien en remera que queremos chucrut en nuestro pancho. Yo dije que él podría reincorporarse a su trabajo y durante la pausa que siguió sus bigotes fregaron la boquilla y su aliento pasó adentro y afuera en la popular moda pasajera entre mamíferos hasta que él irrumpió con las palabras cuándo, gracias, oh Dios, que cruzaron sus labios y lo condujeron por los cables a expensas de los iones como una larga palabra, como una dura oración de alivio que busca ser escuchada por el cielo. Cuando él comenzó a llorar intenté con la forma de mi silencio decir que comprendía pero cada confesión de miedo y pobreza era más incómodo que lo que aprendes en la ducha. Luego de que él colgó salí afuera y me senté con una mano en la glorieta de la otra y pensé que si giraba mi cabeza a la izquierda cambiaría la canción de la oropéndola y que si le doy un trabajo a un estómago otros tenedores son desnudados, y si esta noche un bife chisporrotea en su cocina, ¿las siete otras personas mirando a sus celulares escucharán?
