Autor: Bob Hicok
Borracho, besé a la luna donde se estiraba en el piso. Saqué felicidad de una botella verde, ambos bebidos y engullidos, tal como un río cambia de opinión, mayormente había una inundación en mi boca porque quería amar a la tostadora lo antes posible, y el cepillo de dientes con cerdas multinivel creadas por la ciencia dental, y las paredes sosteniendo retratos en frente de sus rostros para velar el aburrimiento de vivir cincuenta años sin ir ni una vez por otro camino, quería el halo, un beaujolais barato, pinturas sobre cada cosa como artistas dieron lo sagrado antes de que la perspectiva fuese inventada, y por un momento pensé que era inevitable el brillo de dicha fermentada que inclinaba cucharas por la voluntad, justo como la de piel oscura besaría a la de piel clara y esas con dinero y casas enfrente del lago abrirían sus balcones y ofrecerían bandejas de sándwiches de pepino a los pobres corriendo por los bordes de sus jardines, mirando por los agujeros en el alambre de púas. Por supuesto yo tenía que compartir este océano de aceptación y era pronto en el teléfono con una mujer desde Nogales cuyas caderas se habían puesto firmes con las mías. Yo le dije que estaba sobre ella pretendiendo que era justo un amigo llamando para decir las Gotas de Nieve habían hurgado en la tierra para sacudir sus campanas en el viento de abril. Esto le lanzó la esencia de mi angustia como lo hizo la mezcladora de cemento de mi voz, como hizo la larga pausa durante la cual memoricé su respiración y contemplé los dedos de mis pies como si estuviéramos aún juntos, leyendo hasta que nuestros ojos se deslizaron de la página y libros cayeron a la cama para golpear su aplauso mientras nuestras lenguas buscaban el cuerpo del otro. Cuando ella dijo que tenía que irse como un policía le dice a un vago que se mueva, comencé a beber bajando la colina, con velocidad que se auto-aceleraba, y me fijé en esta imagen con el celo de un flagelante, cómo ella, retornando a la cama, acarició la entrepierna de su amante y susurró que no se preocupara, no había nadie en el teléfono, y probó nuevamente cuán olvidado me había vuelto mientras yo, inclinado sobre el frío confesional, escuchaba el único punto de honestidad de la noche.
