Autor: Bob Hicok
El mejor trabajo que tuve era mover una piedra de un lado a otro del camino. Esto requería un permiso que requería una coima. La coima se llevaba todo mi salario. Aún, no tenía salario porque no había finalizado el trabajo, y para pagar la coima tomaba el trabajo de mover la piedra al otro lado. Dado que el oficial quería su coima, me dio un permiso para el segundo trabajo. Cuando señalé que el trabajo se completaría mejor si no hacía nada, él elogió mi cerebro y escribió una carta a mi empleador sugiriendo mi promoción en papel membretado con las alas de un ave rapaz extendidas en vuelo sobre una montaña más pequeña que el ave. Mi jefe, temiendo mi inteligencia, me pagó para que durmiera en el sofá y almorzara con el oficial que requería una coima para cuidar que no se hiciera nada. Cuando le conté a mis padres, ellos le escribieron a mi hermano para que viniera a casa de la universidad para ser abofeteado detrás de la cabeza. Cumplidor, él llegó y se inclinó para recibir su instrucción, a cuyo punto el sentido entró en su cuerpo y él preguntó qué podía hacer yo a modo de trabajo. Yo destaqué que había piedras en todas partes intentando no moverse, todo lo que llevaba era un poco de iniciativa de ser el hombre que no las movía. Fue más duro explicar complejidades de no obtener un permiso para no hacer esto. Justo ayer él se levantó al amanecer y se afeitó, como si la falta de pelo en su rostro tuviera algo que ver con la apariencia de la comida en una mesa vacía.
