Autor: Bob Hicok
Mi esposa fue a la despensa por duraznos pero salió con un bebe -Yo no advertí que la casa estaba embarazada, dijo ella-, estaba llorando, entonces yo lloré, luego ella lloró, la mujer que apenas conozco después de dieciséis años -porque justo el otro día, ella me dijo que siempre había temido que los lápices #2 podrían estar hechos de lo que son nombrados- pero incluso llorar era precioso -rosado y con los ojos arrugados-, hasta acolchado y preparado para saltar -era como si el universo hubiese decidido que era tiempo de actuar nuestra edad-, eso fue cuando arrojamos toda nuestra heroína afuera – quitamos la cuerda floja y dejamos de practicar tiro al plato en el living—, y así como extraño gritar Empuja mientras estoy drogado y parado en el borde del aire, viendo la caída abismal, lo deseo desesperadamente, alguien tiene que cambiarle los pañales y hacerle eructar a la criatura cuando se llena con gas de ciénaga o lo que sea que tenga -el milagro, tú sabes, del nacimiento, es que mi esposa y yo dejamos el ala delta por hacer el sonido delicioso contra la barriga de la bestia que se exhibía y tomaba el control-, así de pronto, atravesé los rápidos, salí disparado, me retorcí contra mi mamá y destruí cada otro futuro que ella podría haber vivido salvo uno -mucho antes de que pudiera hablar yo era cruel-, por unos pocos segundos, dejo que mi madre crea que fui todo lo que ella siempre quiso -e incluso ahora, décadas después mis pocos segundos perfectos como un bebé-, si lo llamaba, al primer cepillo inesperado de Ey, ma, contra su oreja, ella seguiría engañada por la fuerza de atracción de mi voz en el fantasma de un vientre que ellos hace mucho arrancaron, que ella estaba sosteniendo una luna llena en sus brazos.
