Autor: Hugo Müller
En el siglo XIX, cuando Estados Unidos aún era una nación joven, comenzó a crecer a grandes saltos e invasiones. Primero fue la adquisición de Louisiana a Francia en 1803, realizada por Thomas Jefferson a precio irrisorio. Posteriormente, en 1848 se produjo la cesión de México, como parte del acuerdo que puso fin a la guerra con los vecinos del sur, adquiriendo entonces California, Nevada y otros estados. En 1867 le compró Alaska a los rusos, que la despreciaron como una costosa caja de hielo (ignoraban sus riquezas y ni se imaginaban el cambio climático).
Y ahora el presidente Trump insiste en que va a apropiarse de Groenlandia (les guste o no a sus habitantes y a cualquier persona en el mundo), en lo que será la mayor ampliación territorial de su historia, considerando que su superficie territorial supera a las de Francia, Reino Unido, España, Italia y Alemania juntas.
Legalmente, aunque ha dejado de existir el derecho internacional, Groenlandia es un territorio que le pertenece al Reino de Dinamarca desde hace 300 años. El actual emperador del mundo aduce que tiene que anexarla para que no se la queden Rusia o China, argumento tan falaz como ridículo. Lo único que lo obsesiona son sus dimensiones descomunales -la contracara de su micropene-, que le permitirán apoderarse de las nuevas rutas del Artico, y explotar sus minerales, petróleo y biodiversidad.
“Trump es un potentado del sector inmobiliario, y de ahí sus pretensiones de tomar semejante territorio. Su ejército todopoderoso y con recursos de alta tecnología, suplanta la pequeñez de su pene” nos dijo David Silbey, profesor de historia en la Cornell University, a quien entrevistamos para desentrañar el asunto. Ahondando en su explicación, Silbey dijo: «A Trump le gusta aprovecharse de países débiles con escasos recursos defensivos, y Dinamarca hoy encaja perfecto en su plan de expropiación, teniendo en cuenta que se considera dueño del hemisferio occidental y emperador del mundo, aún con su micropene a cuestas».
Tanto las autoridades de Groenlandia como las danesas advirtieron que la isla gigante no está en venta, pero su postura no ha frenado los planes imperiales. En una entrevista con el New York Times, Trump aseguró que se va a apropiar de Groenlandia porque “es psicológicamente necesario para los Estados Unidos. Me gustaría hacer un trato de modo amistoso, pero si se resisten lo haremos con nuestro ministerio de guerra”.
Trump omite que ya existe un pacto con Dinamarca por el cual Estados Unidos tiene acceso militar al territorio. De hecho, durante la segunda guerra mundial y la guerra fría, tenía miles de soldados y más de doce bases, y ahora solo le queda una, y todo eso se hizo con contratos firmados por las máximas autoridades de los países colonizadores.
Consultamos también a Daniel Immerwahr, otro historiador que da clases en la Northwestern University, que hizo referencia a los planes expansionistas de Trump, desde la toma del canal de Panamá a la anexión de Canadá, pasando por la conformación de un protectorado en la Gaza devastada por el genocidio de su socio Netanyahu. El se puso entre ceja y ceja llevar adelante una política anexionista basada en el típico pillaje y extorsión del sector inmobiliario, y con prácticas ostensiblemente mafiosas. Le encantan los mapas y quiere quedarse con ese pedazo enorme de territorio que simulará sus carencias peneanas.
En una encuesta que hicimos a ciudadanos de Groenlandia, consideran insultantes las pretensiones trumpistas. En su primera movida para adquirirla, Trump les ofreció un millón de dólares a cada uno de sus 57.000 habitantes, según nos informó nuestro corresponsal en Groenlandia, Aqqaluk Lynge, quien advierte: “No vendemos nuestras almas al diablo. El se burló de nuestros trineos y nuestros perros, pero estamos bien pertrechados y dispuestos a morir por la independencia de Groenlandia”.
