Autor: Hugo Müller
Trump posee un micropene. Todo el mundo se arrastra para chupárselo pero no lo encuentran. El tiene su Ministerio de Guerra que ha puesto en marcha para recuperar cierta hegemonía perdida por el imperio estadounidense. Al hacerlo, se redobla la búsqueda de complacerlo aunque sea un villano de una incultura y una depravación admirables, aunque sus acciones hayan retrocedido la historia de la humanidad a la era de las cavernas.
Sin duda, su crimen de lesa humanidad más importante -de los miles que ya cometió en su segundo mandato-, es el de brindar armamento, logística e infraestructura para que su socio inmobiliario israelí Benajamin Netanyahu lleve adelante un genocidio desembozado en territorios palestinos, ante la condena verbal e inacción militar de las otras superpotencias, y la complicidad de los jeques multimillonarios árabes, que pueden descuartizar o “desaparecer” a sus rivales políticos cuando se les plazca según se desprende de los tratados de Abraham celebrados con Israel bajo la supervisión del emperador mundial. La impunidad aberrante hacia este hecho lo habilitó a secuestrar a Maduro y rapiñar el petróleo venezolano. A anunciar la destrucción total de Cuba y la expropiación de nada menos que Groenlandia a un socio de la OTAN.
Sus bombardeos en Africa y Asia, sus intervenciones en todo el continente americano dan cuenta de que se trata de una embestida belicista rabiosa del inmoral y abyecto capitalismo estadounidense, metamorfoseado en tecnofeudalismo y disfrazado de liberal o progresista, gran protector de los derechos humanos de los plutócratas y multinacionales que lo acompañan en sus aventuras guerreristas por simple capricho de déspota iluminado que ha de cumplir el destino manifiesto de un Estados Unidos blanco y dominador, que subyuga y avasalla a toda nación que se resista a sus negocios y ambiciones criminales.
Ante el reclamo inútil de la “comunidad internacional”, los analistas sostienen su esperanza en que probablemente el freno a su avanzada mafiosa y unilateral ocurrirá en el interior de Estados Unidos, donde también gobierna con mano de hierro y por la ley del más fuerte, habiendo conformado varios ejércitos de mercenarios paraestatales que cumplen sus órdenes de aniquilar a todo lo que sea considerado bajo sus parámetros cínicos e hipócritas como “izquierdista”.
Pero ya ha habido miles de marchas y se multiplican movimientos de resistencia que sólo consiguen que el gerontócrata redoble sus apuestas e implemente sus ideas y proyectos delictivos. En medio de todo esto, acontece la cuestión del premio nobel de la paz que pronto le va a regalar la venezolana que maquinó el secuestro de Maduro, tal como este medio lo anticipó en su cobertura de esta problemática. Y es que en su propia red social y en el mainstream de la prensa internacional todos están agazapados buscando la oportunidad de divisar su micropene para extraerle un poco de su odiosa leche. Parece que el cipayismo o el síndrome de Estocolmo se han puesto de moda y todos lo practican con una avidez que sólo puede dejarnos estupefactos.
Cuestión que allí, en su propia red social y en su séquito, no dejan de admirarlo y palmearlo por su labor desastrosa, por sus continuos atentados a la ciencia y su sucesión de antojadizas declaraciones que entrañan amenazas, despojos y mentiras evidentes, y una cosmovisión narcisista de un provecto presidente estadounidense que también anda buscando localizar su micropene para intentar usarlo alguna vez más antes de su inminente muerte. Cuando levanta la cabeza, es para injuriar, insultar, denigrar o patotear a alguien, y a la vez autoelogiarse como un gran hacedor de la paz, que por fin recibirá el premio de su testaferro cochina, en lo que será otro acto de insulto y humillación al mundo entero, y que la prensa adicta a su doctrina del garrote seguramente aplaudirá mientras acumulan saliva para succionar ese tan encantador micropene.
