Autor: Ezequiel Pose

Hay fenómenos que se repiten tanto que dejan de generar escándalo. Que Estados Unidos sancione países, bloquee economías, secuestre buques, juzgue extranjeros o decida unilateralmente quién gobierna ya no resulta extraño y eso es lo grave. Lo extraordinario se volvió normal; lo ilegal, narrativo; lo unilateral, liderazgo global. Y cuando alguien pregunta por qué, la respuesta suele venir con tono técnico y sonrisa profesional, seguridad nacional. Detrás de esa fórmula pulida se esconde una lógica de poder mucho menos elegante: la convicción de que el interés propio justifica la excepción permanente y que las normas internacionales son útiles solo mientras no limiten la capacidad de acción de la potencia dominante.

En las últimas semanas, además, reaparecieron señales preocupantes. Groenlandia vuelve al radar estratégico estadounidense; México y Colombia son mencionados en clave de amenaza; y América Latina —como siempre— escucha con la memoria histórica activada. No es paranoia, es experiencia. Cada uno de estos movimientos, leídos aisladamente, puede parecer exageración retórica o disputa diplomática menor pero leídos en conjunto, revelan una misma matriz, la reafirmación de un liderazgo que ya no disimula su unilateralismo y que se mueve con una mezcla de improvisación discursiva y coherencia estructural.

Groenlandia no es un meme geopolítico. Es Ártico, rutas marítimas futuras, minerales críticos, proyección militar y competencia directa con Rusia y China. Estados Unidos no necesita desembarcar mañana para dejar clara su posición. Le alcanza con marcar el territorio simbólicamente, recordar su presencia militar y dejar en claro que, allí donde identifique un interés vital, la discusión jurídica será secundaria. El problema no es si habrá invasión, sino la lógica subyacente, territorios redefinidos como intereses vitales por decisión unilateral. Cuando eso ocurre, el derecho internacional suele entrar en silencio administrativo, especialmente cuando los organismos multilaterales carecen de herramientas reales para condicionar a quienes concentran poder militar, financiero y diplomático.

México y Colombia reaparecen cíclicamente en el discurso estadounidense como amenazas ampliadas: narcotráfico, migraciones, crimen transnacional. El giro inquietante no es el diagnóstico —discutible, pero debatible— sino la solución implícita; extraterritorialidad, presión económica, condicionalidades políticas y, llegado el caso, intervención “preventiva”. Esta forma de concebir la seguridad extiende las fronteras estadounidenses mucho más allá de su territorio y convierte a países soberanos en escenarios de problemas que Washington define, jerarquiza y administra según su conveniencia.

La región ya conoce este guion. Cada vez que Washington dice cooperación, conviene buscar la letra chica. Y cuando dice amenaza, la experiencia indica que primero llegan las sanciones, después los marines conceptuales. No hablamos en abstracto. América Latina fue laboratorio: Guatemala (1954), Chile (1973), Panamá (1989), Cuba (bloqueo permanente), Venezuela (sanciones integrales). La metodología se repite: deslegitimación discursiva, asfixia económica, presión diplomática y, si todo falla, intervención directa o indirecta. Cambian los presidentes; no la doctrina. Esa doctrina tiene nombre y apellido: Doctrina Monroe, un principio que nunca dejó de estar vigente y que se reactualiza cada vez que Estados Unidos percibe que su influencia en el hemisferio puede verse cuestionada.

El actual ciclo político estadounidense, con Donald Trump como figura central, no rompe con esa tradición, la vuelve más explícita. Se abandona el lenguaje cuidadoso del multilateralismo y se lo reemplaza por una retórica cruda, transaccional y punitiva. La reedición de la Doctrina Monroe no se presenta como proyecto estratégico sofisticado, sino como sentido común imperial: alineamiento o castigo. En ese marco, no resulta exagerado pensar en una actualización del Plan Cóndor, no ya como coordinación militar clásica, sino como entramado de presión económica, disciplinamiento político, judicialización selectiva y control financiero regional.

Estados Unidos rara vez necesita invadir. Le alcanza con el dólar como moneda del comercio internacional, sanciones financieras extraterritoriales, control de organismos multilaterales, judicialización del adversario y superioridad narrativa. La guerra clásica quedó obsoleta. Hoy se gobierna sin disparar, pero con efectos similares, y con costos sociales que no suelen computarse en los discursos oficiales.

Argentina no está en la agenda militar, pero sí en la financiera. Los riesgos reales son su dependencia del FMI y del crédito externo, los alineamientos automáticos en política exterior, las sanciones indirectas por desobediencia y la pérdida de autonomía económica. En este punto, el rol de la ONU y del sistema internacional merece una mención específica: el silencio internacional no es ingenuidad, es estructura. La ONU funciona como fue diseñada. El veto garantiza que las grandes potencias no sean juzgadas por el sistema que ellas mismas escribieron. Así, el derecho internacional existe, pero con cláusula de excepción permanente para los poderosos.

El mayor peligro no es la invasión, sino la aceptación resignada de la subordinación. Cuando otros deciden con quién comerciar, en qué moneda y bajo qué condiciones, la soberanía queda reducida a ceremonial, banderas, himnos y discursos mientras las decisiones importantes se toman en otro huso horario. Esto no es antiamericanismo infantil ni conspiranoia de sobremesa. Es análisis de poder, con memoria histórica y algo de ironía para no caer en la ingenuidad.

En ese marco, el trumpismo no inaugura una época sino que la sinceriza. Quita el barniz multilateral, patea la escalera diplomática y vuelve explícito lo que durante décadas se dijo en voz baja. La Doctrina Monroe reaparece sin eufemismos y el Plan Cóndor se actualiza sin uniformes, menos generales, más bancos; menos comunicados militares, más sanciones, jueces amigos y planillas de Excel. No hay estrategia sofisticada, hay brutalidad funcional.

Estados Unidos actúa como potencia hegemónica porque puede y porque el sistema se lo permite. El resto del mundo decide si calla, negocia o intenta resistir. Desde América Latina, la tarea es pensar con realismo, hablar con claridad y no perder la memoria histórica. Y si el sarcasmo ayuda a atravesar la hipocresía diplomática, bienvenido sea.

Cuando Washington habla de orden internacional, conviene agarrar la billetera, mirar el mapa y contar los clavos, porque cada vez que Estados Unidos empuña el martillo, el mundo entero vuelve a parecerle demasiado parecido a uno que ya conocemos.

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