Autor: Adrián Abonizio
Catedralina era una señora muy bien puesta, oronda en su ser de religiosa. Pertenecía a la Orden del Opus Dei y había pasado ya por el silicio y demás torturas cuando joven. Había sido maestra y muy pecadora, según su filiación espiritual. Habíase acostado con varios hombres -dos de ellos casados- cuando joven y ahora en la madurez creía debía purgar aquello ingresando al culto aquel, en una calle con luces color violeta y fuentes de agua salina. Estaba sentadita en un banco en el sector más oscuro del templo esperando que abriesen del todo el lugar sagrado. En sus barandas los pibes jugaban con el scooter. Un muchacho bien parecido, juguete al hombro, realizó una maniobra que lo llevó hasta dentro. Ella al verlo frente a la claridad creyó que una aureola le dominaba la testuz. Ella le hizo extraer aquello.
-Un ángel, un ángel -murmuró y se prosternó. El chico recibía los dones de la buena señora sin poder moverse por el miedo. Llamó a sus amigos, quienes se pusieron a hacer cola frente a aquello y a cada uno la señora Catedralina los iba atendiendo. Entre uno y otro ella sostenía una sonrisa de epifanía.
-Ah, el maná, el maná sagrado -decía, y un minuto después, mientras se abría la parroquia la gente que entraba no pudo contemplar el espectáculo más que con gritos de perturbación. Catedralina fue golpeada por varias señoras hasta caer en un desmayo. Despertó de su sueño magullada pero sin recordar nada, sólo la visita de los Enviados Celestiales. Quiso entrar al templo y la pararon en seco, amonestándola. Llamaron a una ambulancia. Ella no pudo enterarse de nada. Solo murmuraba rodeada de rostros fieros -¡Un ángel, un ángel, vi un ángel y muchos más! Y se secaba los labios. El jefe de la orden, un viejito algo mayor, la llevó hacia el interior y le dio de beber un agua santa que extrajo directamente de la canilla. –Tome, buena señora, esto la calmará. Y mientras decía esto se bajaba los pantalones apresuradamente. -No es el mismo regusto de los ángeles jóvenes, pero vamos, mi querida señora, el mensaje es el mismo. -Viva Dios, alabanzas a él -murmuró mientras empezaba a temblar.
Cuando ingresaron los de la ambulancia lo debieron atender a él.
