Autor: Adrián Abonizio

El alma que canta era una revista de los años treinta que mi tío leía mucho. Contaba que una vez vio la foto de Margot Leiva, una cantante de tangos y se enamoró perdidamente. Esperó meses para verla actuar en Radio Nacional. Se ubicaría en primera fila para que ella con sus dientes de perla y su boca de fresa le susurre –Te quieeeeero, te quiero aunque ya eres mi perdición. El día llegó y él asistió de gala, con su único traje gris a rayas, su pelo a la gomina, sus 20 pesos en el bolsillo y su corazón al galope. La gala fue extraordinaria y la diva tuvo que salir a escena tres veces por los bises y los aplausos. Mi tío lloraba de emoción mientras esperaba el tranvía. Cuando llegó a su casa, allá por Ituzaingó y el campo, su padre estaba esperándolo en la cocina, fumando mientras oía la emisora, muy bajita. Se paró al verlo y le dio un abrazo

-Qué pena hijo, qué pena nos conmueve a todos… murmuró señalando la radio. Ayer a la noche, de gira por Uruguay, se nos mató la Margot, esa cantante que tanto te gustaba…y a mí también… qué pena enorme hijo, qué pena enorme. La noticia era real. Seguidamente le contó un chiste vacuo como para distraer a su hijo agonizante de pena. Le contó que la estaban velando, con la bandera argentina y una foto en donde sonreía su cara entre las calas. Y que de repente se levantó de su ataúd y culminó el tango Adiós muchachos. Una idiotez semejante fue un golpe artero para mi tío. Impresionado por la escena de resurrección se infartó. Ayudado por Emergencias resucitó a los días, nuevo y fragante olvidado de todo. Rehizo su vida, se casó y fue viudo. Me invitó a vivir en su casona y acepté. Mi única incomodidad sobre esta historia es que en las fechas de la muerte de Margot Leiva, se empecina a punta de revólver en verme disfrazado como ella. Y yo, condescendiente y con mi sentido del horror y el humor en lo alto, represento para él el número de la cantante. Está bien que soy actor, pero no es para tanto. Me aplaude y dispara al techo como lo haría Pancho Villa. Ignora que me humilla. Podría vencerlo, encerrarlo en un geriátrico, pero algo me retiene; es el asombro, la cercanía de la locura que aparece solo en esa fecha y me atrae tanto como un film exótico o una obra costumbrista. Podría derrumbarlo con documentos que certifican que la Margot era una gorila perpetua, que odiaba a Evita y que festejó los bombardeos con una fiesta en un salón repleto de oligarcas. Que odiaba a los “cabecitas”, que ponía dinero para los facciosos, que armó un fraude acerca de una persecución política para victimizarse y cuando según sus dichos “El Tirano” cayó, estuvo emborrachándose una semana en una quinta del Uruguay. Regresó con esa gloria ensangrentada y sin culpa a cantar para los señores que se habían ensañado con el país. Todo esto mi tío no lo sabe o prefiere ignorarlo. Para mí que soy un ser superior es apenas un chiste del destino. Solo espero que un día la Flecha de la Certeza bien dirigida, se le instale en su cabezota de energúmeno zombie, ya que tarde o temprano habrá de morir para siempre y no le velarán como a su Margot, sino que lo dejaré relegado a una tumba sin nombre en el último pasillo de tierra del camposanto. Quiero a mi tío de una forma rara. Porque me atraen sobremanera los empecinados, los dementes y el mundo fantástico que deambula en algunas almas. Pobrecito. Yo soy igual. Sé que José de San Martín no falleció como dicen los libros. Vive en una cueva de los Andes. Un día lo iré a visitar.

Vistas: 15