La leyenda del primer Camello: un apólogo árabe

Autor: Arthur Guiterman

A través de las arenas de Siria, o posiblemente Argelia, o algún nocturno vecindario de esterilidad y sequía, allí viene el profeta Samuel, sobre el único Camello, un cuadrúpedo torpe y gruñón de boca descontenta.

La atmósfera era aglutinante, el Camello era rebelde, volcó el paquete de su espalda, con horribles gruñidos y chillidos, hizo el desierto espantoso con pérfida estrategia, él ató su cuello en adornos, pateó sus tacones de madera. Luego citó al gentil Samuel “Tú, bandido, ¡debería darte una buena paliza!Aunque celosamente te he protegido de cada tristeza y dolor, parece, para decir una obviedad, no tienes ninguna gratitud. ¡me gustaría escuchar qué causa tienes para actuar así!”
A él le replicó el Camello, “Te pido perdón, Samuel, sé que soy un réprobo, sé que soy un extraño, ¡pero oh! ¡Esta soledad total!¡Mi bien distinguida unicidad!Si hubiera otros Camellos no sería único”.

El profeta sonrió seductoramente. “Ah” respondió él, sonriente, “¿sientes la necesidad de compañía? Comprendo claramente. Seremos rápidamente creados para ti. ¡Ja! Presto, ¡cambia un poco!” conjuró él con mano potente, ¡y sí! Desde la Vacuidad una segunda incongruencia, para idear, una dama Camella nació por arte de magia. Su estructura anatómica, su forma y rostro eran cómicos, ella era, en síntesis, un Camello, la contraparte de otro.

Como los españoles contemplan Aragón, sobre el Femenino Parangon, así contemplaba el Camello del profeta, aquella Nave del Desierto primigenia. Un conocedor meticuloso, él la encontró ridícula, ¡él sonrió de oreja a oreja hasta que se partió el labio!
Por su temeridad, ¡la posteridad de aquel Camello debe lucir labios superiores partidos por todas sus solemnes vidas! Un prodigio sorprendente, reprochablemente admonitorio, esos pervertidos, desalmados hombres casados que ridiculizan a sus esposas.

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