Autor: Arthur Guiterman
Los peores de todos los idólatras son los celosos radiólatras, que destruyen la paz de hogares otrora felices con baba, variómetros, detectores, galvanómetros, antenas, interruptores, baterías y ohms.
Sus ojos resplandeciendo devotamente, se sentarán por eras escuchando con torpes auriculares sobre sus orejas, y aclamarán las estridentes mordacidades de discordancias muy lejanas, como si fueran la música de las esferas. Aceptarán resúmenes prosaicos, monólogos y farsas de gente a la que no podrías convencer que fueran a ver, la diatriba de revolucionarios y horriblos locutores, porque vienen de Newark, XYZ.
Tomarán la serie más seca siempre y cuando sea aérea, tomarán el más triste torrente sentimental, el ambiente podrá chirriarles, pero si te atreves a hablarles, el único sonido que obtendrás de ellos es “¡Shsh!»
En Nome o dulce Lafcadio, ¡no habrá escape de la Radio! Entonces, como no podrás esquivar la atmósfera, mis canciones te animarán o preocuparán desde la estación PKW, porque al final, ¡hablaré más que escuchar!
Epílogo
(Con la amable asistencia del señor Longfellow.)
Soplé una canción en el aire, aquella pequeña canción de rara belleza está volando todavía, por todo lo que sé, alrededor del mundo por la Radio.
