Autor: Hugo Müller

El tiempo fluye impávido y trae a la humanidad un nuevo aniversario del nacimiento del niño-Dios, el judío que cambió la historia de las religiones para fundar un nuevo reino de hermandad y prosperidad: el cristianismo. Este no es otro que Jesús de Nazareth, que hoy se avergonzaría de nacer o lo haría del vientre de una palestina moribunda tras ser violada y agredida por ocupantes ultraortodoxos israelíes, que leyeron bien hasta el fondo el libro de su líder Walter Block, “Defendiendo lo indefendible”, promocionado por el delincuencial presidente argentino con la fruición rebosante de baba con la que divulga a intelectuales que avalan todo tipo de crímenes económicos o genocidios.

Pero el personaje de esta crónica es otro, se trata del papa León XIV, el papa yanqui disfrazado de una peruanidad sólo reflejada en su cachaciento carácter, que viene a ser bastante la antítesis del de su antecesor, nuestro peronista Francisco. Si bien al asumir aseguró que iba a velar por el cumplimiento del legado del argentino, sus medidas y declaraciones timoratas y plagadas de lugares comunes y una ortodoxia propia de las alas más retrógradas de la Iglesia Católica, nos llevan a plantear que será un garante más del desquiciado orden mundial orquestado por el emperador Trump.

Si bien en diferentes ocasiones manifestó sus discrepancias con las políticas migratorias y el aggiornamiento de la doctrina Monroe, no ha advertido que Estados Unidos se convirtió en un coto privado del mafioso plutócrata, que aliado con los tecno-bros que conducen las redes sociales y grandes conglomerados mediáticos, ha emprendido una campaña personal para apropiarse de todos los recursos del continente americano y explotarlos para su beneficio, montado en una impune maquinaria de ejecuciones extrajudiciales y extorsiones propias de matón de geriátrico.

Más allá de su tono cauto y precavido, de su siempre buena disposición al diálogo con el que es su presidente, no vaya a ser que le rechace también a él la visa, o se anime a deportarlo si se atreve a hacer un viaje comercial para propagar las palabras y enseñanzas del Señor, Robert Francis Prevost lamenta la renuencia de Rusia a hacer la paz con Ucrania, o envía mensajes de advertencia a los genocidas israelíes que se cagan de risa de su autoridad desmembrada.

El papa peruano retomó la liturgia más vetusta para ordenar a prebostes y sacerdotes que contraríen un poco las tendencias modernas de lucir espléndido a edades octogenarias. La industria de la cirugía estética crece a pagos agigantados con tantos millonarios criminales dispuestos a mantener firmes sus pómulos y papadas hasta las últimas consecuencias, eludiendo, de ser posible, la natural circunstancia de la muerte.

De uno u otro modo, no hemos conocido en su papado ni una declaración o acción enjundiosa que procure recuperar el aplastado prestigio de una institución cómplice de los despojos y las peores dictaduras del planeta, afín a los intereses de charlatanes y patanes que defienden a capa y espada el orden vigente de una injusticia social clamorosa, que algunos artistas burgueses muy bien saben convertir en glamourosa.

León IV seguro ofrecerá las misas de rigor para esta Navidad, para el fin de año –festejando la circuncisión del niño-Dios con toda la alharaca del rito judaico-, y para la llegada de los Reyes, que sólo traerán artículos exóticos chinos de una utilidad impúdica. El siniestro orden de las cuentas bancarias del Vaticano quedará oculto a la prensa, y sus movimientos para proteger a obispos descarriados se mantendrán en el más absoluto secretismo. Comenzará el segundo cuarto del siglo XXI signado por su completa inania ante el estado apocalíptico del mundo.

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