El killer más sucio

Autor: Adrián Abonizio

Lo había predicho el Mensú: -Tendrás una vida larga siempre y cuando te organices mejor.

El Mensú estaba rodeado de flores, con un gato-perro en su regazo, rodeado de mononos y ofrendas. El Mensú era un gordo inquietante de ojos delineados y un vaho en su aliento a violetas, cigarrillos y almidón. Tan desagradable como certero. Una casilla al fondo de la calle Nubes y atrás el río Aspas, emanando esa putrefacción que parece eterna y termina resultando dulzona y familiar. La chica miró el cuadro desteñido de Pelé ofrendando la pelota al cielo de Coca Cola y no pudo disimular una sonrisa. El Mensú habló: -Habrá tiempo para llorar ahora que te ríes.

Usaba el tu artificiosamente y eso lo tornaba incómodo. Todo irreal y perfecto en su bizarría. La chica se levantó, dejó un quintal -la moneda de esos tiempos- en una canastita de madera y se fue con su moto Spideritalic, atravesando el hueco de cemento bajo la Circunvalación para meterse de lleno en la Avenida Cerezos. Caía una imperceptible llovizna .Una vida larga -¡La libertad! “siempre y cuando te organices”. Un rayito de luz se le encendió en la frente: en el espejito se le notaba y era el signo que había dado en la tecla. Llegó, descendió, subió las escaleritas de amianto luminoso hasta su casita de caparazones y sentada a la mesa, encendiendo un chino entendió la dimensión del mensaje. Primero debo matar a mi novia y luego a mi padre, no al revés. Así creerán que mi padre la asesinó por celos y luego el padre de ella se vengó matando al mío. Las pruebas las tenía preparadas, solo que invertidas, se oyó pensar con firmeza. Lo había dicho El Mensú. Organización, organización que vence al tiempo, escribió en su cuaderno de prac. No recordaba quién lo había dicho pero tenía razón. Vagamente recuerda la figura de un líder que hablaba desde un balcón hacia multitudes. Diagramaría la escena .Nunca la atraparían. Abrió la gaveta y extrajo el láser. No había nada gracioso en la escena, solo que por una alquimia poderosa del Mensú, le empezaban a crecer tres senos y en su rostro aparecía la cara de Cantinflas. -Te voy a hacer un buen chiste, recuerdo que dijo cuando la despidío aquel brujo del Mensú. -Desgraciado mal nacido. Ahora iba amenguando la escena, desaparecían las protuberancias y emergía su cara verdadera. De pronto, llamaron a la puerta.

-Vengo de parte del Mensú -se oyó. Ella activó el arma y abrió. Un gordito todo mojado con las manos sobre su vientre le sonreía

-¿Quiéns os y que querés?

El tipito se encogió con pudor y con vocecita tenue susurró:

-Soy un killer, un matador. La gente del Mensú me dio tu dirección por si precisabas que te haga el “trabajito”.

Hablaba como disculpándose. Ella lo semblanteó y creyó reconocerlo de las tablets de Historia Antigua que releía de vez en cuando. Se le ocurrió que podía ser inofensivo.

-Pasá, pasá de una vez y decime qué me porponés.

El se relajó, volvió a sonreir.

-¿Me puedo sentar? Y se puso a relatar sus antecedentes criminales.

Iban de matanza de viejos a niños, pasando por mujeres, soldados y civiles a animales.

Ella lo interrumpió.

-¿Vos los mataste o mandaste a matar?. Ya lo iba reconociendo.

El dió un respingo y levantó el tono de voz como ofendido.

-Mirá, es lo mismo.

Ella sintió naúseas. Lo había reconocido. Entonces sacando la pistola se la puso en la papada.

-No preciso gente como vos que viene del pasado. Yo sé matar y lo hago personalmente. Olió un aroma desagradable a transpiración y a cuerpo sucio.

-Mejor andate.Y lo condujo hacia la puerta.

-Soy Javier, me dicen Pelu. Por si cambiás de idea.

Se estaba despidiendo con una sonrisa lunática cuando ella lo empujó de una patada en el culo y rodó por las escaleras como una bolsa de papas.

No precisaba de estos tipos, estos fantasmas de pasado que según había leído, eran lo peor del infierno. Lo sintió llorar abajo, mordido por los perros salvajes de la zona. Puso música y se tiró a dormir.

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