Autor: Hugo Müller
A principios de este mes, la prestigiosa Oxford University Press anunció que la palabra del año era «rage bait» (cebo de ira), contenido en línea diseñado para generar furia con el propósito de que el público haga clic en él y se trague una barrabasada que ha de agigantar aún más su condición energúmena.
Este fenómeno se plasma en forma aparentemente humana en los políticos de extrema derecha de la actualidad –desde el emperador Trump a su mascota Milei-, influencers malévolos gruñen y odian, mienten, engañan y tergiversan hechos evidentes en su afán por aumentar su poder, y lo hacen de manera descarada y a la vista de todos.
La táctica es simple y ya la hemos denunciado varias veces en nuestra humilde agencia de noticias. Ellos roban y matan, arman conflictos para vender sus armas, para luego embestir a sus víctimas acusándolos de lo que ellos mismos perpetran. ¿Qué ejemplo más evidente que Trump diciendo que Venezuela le robó petróleo a Estados Unidos mientras sus mercenarios piratas incautan buques venezolanos, divirtiéndose como chiquilines y ufanándose de sus actos cuando no son más que burócratas y ejecutores de crímenes imperiales de una cobardía jamás vista?
A esta altura de los acontecimientos, millones de personas se dejan engañar por las mentiras de líderes antidemocráticos que prometen “hacer grandes a sus países” nuevamente, guerreando contra un comunismo o un socialismo inexistentes, negando el cambio climático o avances científicos, publicitando el retorno a la era del pitecantropus erectus.
Los problemas a los que se enfrenta el mundo —sociales, geopolíticos, económicos y medioambientales— son tan enormes que no podemos soportar afrontarlos mientras las declaraciones falaces y respuestas cretinas que brindan estos multimillonarios fachos que conducen países resultan casi irresistiblemente atractivas a las masas de idiotas ensimismados en sus celulares, que abundan y se alimentan de estos bulos, generalmente empapados de la cultura de violencia y delirio propagada desde el salón Oval, infelizmente expandida a todo el planeta.
Su ideario se reduce a “la culpa de nuestros males –de que no tengamos trabajo, por ejemplo-, es de los extranjeros. El cambio climático es una ilusión. La comida frita, la cerveza y el tabaco son buenos, se puede consumir todo lo que se quiera. ¡Viva el libre mercado! Con sólo chasquear sus dedos artríticos, Trump es un mago de la paz y ya ven que Corina Machado ganó el nobel, jajaja, cómo nos cagamos en los derechos humanos, en las vidas que pisoteamos y arruinamos a cada segundo…” Esto seduce y conquista, enamora a los profetas del odio.
La gente cree en estas cosas porque le cuesta aceptar hechos de la realidad cruda y dura, no leen Maldita Realidad y así acaban, completamente imbecilizados. Quizás sea demasiado simplista descartar las promesas de la extrema derecha como si solo tuvieran influencia y poder sobre los corazones y las mentes de las personas incurablemente crédulas e ignorantes. Es un atajo moral e intelectual que no nos lleva a ninguna parte.
No es casual que la Fiscal General de Trump se llame Bondi, que se haya matado a un grupo de judíos reunidos para Januca en una playa australiana llamada Bondi, y que estemos escribiendo este artículo urgente en un bondi. Todo cierra, todo es lógico y se interrelaciona con el asunto de la pobreza estructural de las vanguardias modernas que consagran al último álbum de la cantante española Rosalía como el mejor de la historia. Toda la verdad está escondida detrás del maremágnum de algoritmos y exabruptos que escupen los think tanks de la ultraderecha, matizados con tendencias emanadas del progresismo paralizante de líderes que rehuyen el relato o las narrativas de la arrogante potencia estadounidense, pero se amilanan a la hora de combatir y repudiar con la fuerza y vehemencia que merecen sus interminables sandeces envueltas en “cebo de ira”.
