Yendo a Dover

Autor: Arthur Guiterman

«El perro cruzó Dover con una pata sobre la otra; cuando llegó a una escalera, saltó por encima». Quizá nunca lo vieron aquí pero, para mi fantasía, está bastante claro que Mamá Oca sólo quería mostrar cómo se comporta el perro Paciencia: con el hocico firme, apuntando hacia abajo, pata sobre pata, sin embargo lento, y aliento trabajoso, pero de nada quejándose, todavía, a cada paso, de algún modo alcanzando, andando silenciosamente, milla a milla, y reuniéndose para dar un salto nervioso ante cada escalón que se interponía, atravesando así el suelo tedioso, hasta que todo, al fin, sobre lo que él mide y camina, una victoria, a Dover.
Y, verdaderamente, no de otro modo el progreso humano gana el día, paso tras paso, y una y otra vez, cada uno pareciendo el anterior, así que sólo de vez en cuando el genio repentino salta la valla que marca una sección de la llanura, más allá de cuyos límites, los campos frescos vuelven a extender su inmensa extensión sin pisar, el mundo mira alrededor para ver el salto. La pálida Ciencia, en su laboratorio, trabaja con crisol y alambre sin que nadie se dé cuenta, hasta que una gloria instantánea corona algún tema elevado, como con el fuego, y los hombres, con ojos maravillados y muy abiertos, calibran el gran avance de la gran invención. Ninguna edad, ninguna raza, ninguna alma sola, con elevadas volteretas alcanza la meta. El paso firme se mantiene en el medio, los pequeños puntos que lo ocultan, por estos, logrados en acumulación de poder, continúa moviéndose, y fuera de vista, y alcanza, por todo lo que ha sido superado, la ciudad de su esperanza al final.

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