Autor: Ezequiel Pose

El 19 y 20 de diciembre de 2001 no fueron solo dos fechas trágicas. Fueron una advertencia, una de esas que la historia deja escrita con sangre para ver si, alguna vez, aprendemos a leer.
Hace veinticuatro años, la Argentina estalló. No explotó de repente, reventó después de años de ajuste, endeudamiento, privatizaciones, desempleo, precarización y un discurso único que repetía como mantra que “no había alternativa”. Sonaba conocido entonces. Suena peligrosamente familiar hoy.
En 2001 también se hablaba de “confianza de los mercados”, de “responsabilidad fiscal”, de “vivir con lo nuestro… pero pagando en dólares”. También se decía que el problema era la gente que gastaba más de lo que tenía, no un modelo que concentraba riqueza y socializaba pérdidas. El ajuste era inevitable; el dolor, pedagógico; el hambre, transitoria. Hasta que dejó de ser transitoria y se volvió estructural.
El estallido no fue ideológico, fue material. No fue un capricho político, fue una heladera vacía. La gente no salió a la calle por consignas sofisticadas, sino porque no había laburo, no había ahorros, no había futuro. Y cuando un pueblo siente que no tiene nada más que perder, la historia deja de ser moderada.
Hoy no estamos en 2001. Pero tampoco estamos tan lejos como nos gustaría creer.
No hay corralito, es cierto. Pero hay salarios licuados. No hay cinco presidentes en una semana, pero hay una democracia cada vez más vaciada de decisión popular. No hay tanques en la calle, pero hay una naturalización peligrosa del ajuste como destino moral. Cambiaron las formas. El fondo es inquietantemente parecido.
En la decada del ’90 el discurso dominante decía “El Estado es el problema”. Hoy se dice lo mismo, con mejores gráficos y peor humanidad. En 2001 se culpaba a la política. Hoy se la desprecia abiertamente. En 2001 se pedía sacrificio. Hoy se exige resignación.
Por eso recordar no es un ejercicio nostálgico. Es una obligación ética.
Ahí aparece Jauretche. No como prócer de estampita, sino como incomodidad permanente. Jauretche entendió algo que seguimos discutiendo, que la dependencia no empieza en la economía, sino en la cabeza. Que el coloniaje cultural prepara el terreno para el saqueo material. Que cuando un país se convence de que no vale, acepta cualquier cosa.
Jauretche denunció a los “profetas del odio y la resignación”, esos que explican con tono técnico por qué siempre tenemos que perder los mismos. Hoy los vemos todos los días, no usan uniforme militar, usan micrófonos, redes sociales y powerpoints. No te dicen “esto es injusto pero necesario”; te dicen “esto es inevitable”. Y cuando algo es inevitable, deja de discutirse.
Como Jauretche, también Walsh entendió que la memoria es un campo de batalla. Que el olvido no es neutral. Que recordar es una forma de resistencia. Y como Scalabrini Ortiz, supo que la soberanía no es una palabra linda para discursos escolares, sino la posibilidad concreta de decidir qué producimos, cómo vivimos y para quién gobernamos.
El 19 y 20 de diciembre no fueron un accidente. Fueron el resultado lógico de un modelo que prometía modernidad y entregó exclusión. Hoy ese mismo libreto vuelve, actualizado, con influencers en vez de economistas de bigote fino, pero con idéntico desprecio por la vida cotidiana de las mayorías.
La diferencia clave es ésta: en 2001 el estallido sorprendió a muchos. Hoy ya sabemos cómo termina esta historia si no se corrige el rumbo. No hay excusa de ingenuidad. Hay responsabilidad.
Recordar diciembre del 2001 no es desear el caos, es todo lo contrario. Es entender que la paz social no se decreta ni se reprime, se construye con trabajo, dignidad y futuro. Que cuando se rompe el contrato social, no hay relato que alcance.
Tal vez por eso haga falta un San Jauretche. No para canonizarlo, sino para escucharlo. Para desconfiar de las verdades cómodas. Para preguntarnos a quién beneficia cada ajuste, cada reforma, cada “sinceramiento”. Para no aplaudir nuestra propia derrota creyendo que es madurez.
La memoria no evita las crisis por sí sola. Pero el olvido las garantiza.
Y la Argentina ya pagó demasiado caro el precio de olvidar. Que venga la buena leche.

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