Autor: Ezequiel Posse

Cuando la reforma laboral empieza a desfilar por comisión parlamentaria como si fuera un trámite técnico y aburrido el fútbol argentino se muestra como metáfora nacional, nadie se sorprende, pero todos miran.
Y mientras discutimos si Tapia es más casta que la casta, el Congreso hace su magia preferida: legislar en silencio. Porque no hay nada que le guste más a una reforma laboral regresiva que un buen escándalo deportivo. Pan y circo con VAR, redes sociales y periodistas indignados a tiempo completo. No es casual, no vimos a ningun constitucionalista hablar de los artículos inconstitucionales que tiene esta ley que se va a poner en debate. Deben estar durmiendo la siesta u ocupados con las compras navideñas. Algo es seguro, ni los medios con intereses de oposicion se plantan a la batalla
En una pantalla, el dirigente que hace años maneja la AFA como un consorcio familiar ampliado y en la otra, un proyecto que “moderniza” el trabajo argentino sacándole derechos a los que todavía trabajan. Todo muy coherente. Si el fútbol es precarización emocional, el mercado laboral va por la precarización legal.
La reforma laboral viene envuelta en el mismo papel de regalo de siempre, “competitividad”, “flexibilidad”, “inserción en el mundo”. Traducido al castellano básico es despedir más fácil, indemnizar menos, sindicalizarse con culpa y trabajar con miedo. Pero tranquilos, no es ajuste, es “adaptación”. No pueden ser tan mal pensados todo el tiempo. No es retroceso, es “realismo”; no es pérdida de derechos, es “sinceramiento”. El diccionario neoliberal sigue siendo una obra maestra de la literatura fantástica.
Mientras tanto, el escándalo AFA cumple su función social. Nos recuerda que la corrupción es un problema… siempre y cuando no toque balances empresariales, grandes grupos económicos, reformas estructurales o tenga unos tonos más de color en la piel. La corrupción es grave cuando está en el fútbol, tolerable cuando está en el Estado y directamente invisible cuando está en el mercado.
El Cheque Mafia es el villano ideal, no habla difícil, no cita papers, no usa PowerPoint. Es un mal tipo sencillo, reconocible, digerible. Mucho más fácil de odiar que un artículo 23 bis que habilita contratos basura con sonrisa tecnocrática. Mucho más cómodo putear a Toviggino que leer la letra chica de una ley que te deja a un telegrama de quedarte sin laburo.
Y ojo, que no es casual. Nunca lo es. Cuando el Congreso quiere pasar algo pesado, el país se llena de humo. A veces es un crimen, a veces un video viral, a veces una pelea entre famosos. Hoy tocó fútbol, que en Argentina es como tirar una bomba de distracción masiva. Después nos indignamos todos juntos, gritamos “que se vayan todos” y, mientras tanto, se quedan los mismos… pero con más herramientas legales para cagarte.
La reforma laboral se discute “en comisión”, ese lugar mágico donde todo parece técnico, neutral, inevitable. No hay ideología, dicen. Solo números. Solo datos. Solo sentido común empresarial. El problema es que el “sentido común” nunca viaja en colectivo ni cobra en cuotas. Siempre llega en auto oficial o por Zoom desde un country.
Así que mientras debatimos si Tapia cae o zafa, si la AFA se limpia o se maquilla, como hicieron los giros de fondos con Sur Finanzas, el verdadero partido se juega en otro lado. Sin hinchada, sin bombos y sin relato épico. Un partido donde siempre pierde el mismo, el laburante, el monotributista forzado, el joven “emprendedor” de Rappi, el despedido “reinsertable”.
¡Pero tranquilos che!, después nos explican que no es tan grave. Que exageramos, que el mundo es así, que hay que sacrificarse. Qué tipo mal pensado que somos, siempre los mismos, claro. Porque si algo no cambia nunca en la Argentina es quién paga la crisis y quién mira el partido desde el palco.
Al final, el escándalo AFA va a terminar como terminan todos: con un par de cabezas decorativas, alguna causa que duerme y un “seguimos investigando”. La reforma laboral, en cambio, no se archiva, se cobra todos los meses. No sale en los tapes, no tiene allanamientos televisados, pero entra igual en tu recibo de sueldo o en la ausencia de él.
Porque el truco es ese, distraerte con la corrupción obscena para que no mires la legal. Que te indignes con los chorros evidentes mientras te acostumbrás a que te saquen derechos con sello, firma y lenguaje inclusivo de mercado.
Y cuando dentro de unos meses te rajen “sin conflicto”, te contraten “por proyecto”, o te expliquen que ya no sos empleado sino “colaborador independiente” de buena voluntad que aporta a un banco de horas para justificar tu descanso, acordate de Chiqui Tapia. Acordate del escándalo. Acordate de la bronca.
Esto es una maldita realidad, porque mientras mirábamos el circo el Congreso nos metió el gol.
Y esta vez, no fue en offside. Fue de manual.

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