Autor: Bierce, Ambrose

Bienvenido, buen amigo, porque has cumplido tu condena, y descubierto que la alegría del crimen es una ficción, espero que mantengas tu actual fe, párate firme y no vuelvas a abrirte a ser un convicto.

Tus pecados, aunque escarlata una vez, ahora son como lana: has expiado todas las ofensas pasadas, y conjugado… ¡fue un empujón terrible!… el verbo ‘pagar’ en todos sus modos y tiempos verbales.

Tú fuiste un espantoso criminal… ¡por el Cielo, creo que nunca hubo un hombre tan pecador! Todos tenemos una pizca o dos de la levadura de Satán, pero tú parecía que tenías una piel completa.
La tierra se estremecía con aversión ante tu nombre, los ríos retrocedían, despreciando la gravitación, el mar y el cielo, de pensar en tu vergüenza, se ponían rojos como un langostino al atardecer y por la mañana.
Pero aún tú forjaste con las manos manchadas de sangre por tu horrible oficio, sordo a la razón y a la compasión. Pero ahora con dioses y hombres tu paz está hecha, te ruego que seas bueno y estés a la moda.

¿Qué es eso? ¿Nunca más robarás una escena? ¡Qué!, ¿hiciste eso? Fe, no lo sé. ¿Era eso lo que arrojó la pobre Temis en una furia? ¡Yo creo que fuiste preso como un poeta!

Reconozco que fue un consuelo para mi alma, y la consoló mejor que las más profundas maldiciones, pensar que ellos tenían a un poeta en un agujero donde, aunque él escribía, no podía imprimir sus versos.

Pensé que Welcker, Plunkett, Brooks, y toda la espantosa pandilla que siempre está ensuciando con coplas malvadas cada página y pared, deberían ser arrestados y competir adentro rimando. Y entonces se dejaría el Parnaso para mí, y Pegaso debería cargarme arriba alegremente, no por un lugar empinado, correr hacia el mar, como ahora él debe estar tentado a hacerlo diariamente.
Bueno, agarren las cuerdas de la lira, amigos, y comencemos: desahoguen sus duras almas sobre la grava. Debo soportarlos porque jamás pecarán robando coches, hasta que hombres muertos viajen.

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