Autor: Ezequiel Pose
Hay semanas en las que Argentina parece un país en vías de desarrollo.
Y otras —como las mayorias— en las que parece un episodio perdido de Rick and Morty escrito por un pasante del Indec.
Porque, seamos sinceros, cuando creíamos que la inflación estaba más tranquila que funcionario el 24 de diciembre, pumba, noviembre nos tiró un 2,5% de suba para que no nos relajemos. La inflación argentina es como ese ex que te escribe después de meses y aparece cuando ya estabas mejor, te arruina el día y después desaparece sin dejar explicación.
El INDEC tiró el numerito del mes y, obvio, subió todo otra vez.
¿Sorprende? No.
¿Duele? Sí.
¿Es repetitivo? También.
¿Es Argentina? Por supuesto.
La inflación ya no es un fenómeno económico, es un personaje, una criatura mitológica argentina, mitad índice, mitad insulto. Y lo mejor, cada vez que el gobierno dice “estamos bajando la inflación”, el supermercado sube los precios de puro bullying. Es personal. Te ve entrar y dice “qué cara de pobre tiene este tipo, subile el queso un 7% que no se da cuenta”.
Somos un país donde el sachet de leche podría ser moneda oficial, porque vale más que la voluntad política. Esta semana, Argentina no fue un país, fue un meme largoy gente diciendo “yo ya no entiendo más nada” mientras sigue adelante igual, porque acá llorar no está permitido salvo que sea por la cebolla o por De Paul.
Y mientras el país asimilaba esta trompada suave pero firme, en el medio del quilombo, Milei mandó al Congreso la reforma laboral, que cayó en el mundo sindical como si hubieran anunciado que el asado ahora va con tofu.
“¿Qué puede salir mal si mando una reforma laboral justo ahora?” Y lo mandó. Y sí, pasó lo que pasa siempre en este país bananero con burocracia premium, los sindicatos entraron en modo Super Saiyajin.
Argentina funciona así:
Tocás un precio → quilombo.
Tocás un convenio colectivo → megaquilombo con expansión anual.
Milei, por favor, no toques nada más que ya estamos agarrados con cinta scotch emocional.
Lo gracioso es que los políticos dicen “modernizar”, los sindicatos dicen “precarizar”, el ciudadano dice “¿cuánto más me van a romper?” y todos tienen razón al mismo tiempo. Es cuántica aplicada al sufrimiento.
Lo único estable en Argentina son los conflictos.
La inflación sube todo el tiempo, los gobiernos entran y salen, pero la protesta en el Obelisco es eterna, como un loop temporal que Dios dejó encendido y se olvidó de apagar.
Mientras tanto, nosotros —el pueblo, la gente, los que pagamos la fiesta sin haber sido invitados— seguimos avanzando con esa mezcla de humor negro y desgaste nervioso que debería estudiarse en Harvard.
Porque el argentino no vive, sobrevive a su propio país. No somos resilientes por elección, somos resilientes por obligación, es un mecanismo de defensa. Como cuando tu casa tiene goteras hace tres años y ya ni las ves; forman parte del paisaje, como los aumentos de precios y los ministros que duran menos que un yogur.
Cuando el pan sube, hacemos memes.
Cuando la luz sube, más memes.
Cuando la nafta sube, todavía más memes.
Si mañana cae un meteorito, hacemos stickers para WhatsApp.
Somos así, país bananero con ciudadanía brillante. El problema no somos nosotros, es el sistema, el software, los políticos, los empresarios, la inflación, el dólar, el FMI, el sindicato del horóscopo… ya ni sabemos a quién putear primero. O se nota que es diciembre y estamos todos cansados. Somos criaturas tercas con corazón grande, billetera flaca y un humor tan negro que debería venir con advertencia de contenido.
Y la escena final de esta semana es simple: inflación que se hace la viva, reforma laboral que va a traer más quilombo que un Boca–River sin visitantes, sindicalistas que ya están practicando discursos, economistas que ya tiraron la toalla, ciudadanos que ya no distinguen entre bronca y risa.
La Argentina es el único país donde el caos es política de Estado, el chiste es cultura nacional y la esperanza es un acto de fe comparable a la levitación. Pero seguimos. Seguimos indignados, rotos, puteando, tomando mate lavado y riéndonos para no explotar.
Porque al final del día, somos un país bananero… sí.
Pero somos nuestro país bananero. Y nadie nos saca la licencia para bardearlo con amor.
Pero seguimos y nos reímos. Porque si no, ¿qué hacemos? ¿Tomamos decisiones responsables? No, hermano, eso lo hace Uruguay.
