Autor: Philip Larkin
Esta cadena de brazos blancos alrededor de la habitación -el vals del demonio- me desconcierta: ¿O estoy borracho con este buen vino? ¡Viva la compañía!
“Mi amigo, jóvenes muchachos de alta sociedad, ¿se conocen?» “Oh sí: ¿cómo está? ¡Buen brandy aquí!» ¡La madre de la desgracia, en su juventud, era famosa por su cerveza!
Antes de que se vendiera su rascador patentado, ¡los viejos de alta sociedad solían golpearlos a todos! Miren lo que la Sociedad ha hecho… ¡El está sosteniendo su chal de Cachemira!
¿Cómo es, Señora, que conozco a los invitados enseguida? Borro la pintura… La convención nos trata a todos igual, ¡al santo y al pecador!
La veo en la silla carmesí, detras de tu enjoyado abanico español, deslizando arriba y abajo tus brazaletes, mirando fijamente al hombre que toca el arpa, él zumba un aire que tú entiendes… que has escuchado antes, ¿cuántas lecciones tomó? Señora, no necesita más.
¡Tigre de cincuenta! Entonces tú compraste a esta chica preciosa en el encaje de Honiton. Ahora ella está en el extranjero, ella casi olvida que se estremece en tu abrazo.
Viudas, rígidas en sus brocados negros, preocupan a los meseros… barren sus bandejas: ¡Cómo fruncen el ceño a los hombres necios que se deleitan en el resplandor de la Belleza!
Un poeta pasea comiendo pastel: “Muy distinguido. ¿Compraste tu encaje en lo de Beck?» “Porque, ¡cómo se ríe!» “¡Pero sus versos lo hacen a uno llorar!»
Poeta ocioso, una palabra contigo: tú cantas mucho del dulce mal del amor, de mejillas rosadas, y vino púrpura: danos una canción más elevada.
Los cocheros pisan fuerte los escalones, nuestra anfitriona mira hacia la puerta, nuestro anfitrión se enrosca su corbata floja, ¡pronunciando que la cosa es un bodrio! Nuestros esqueletos pronto serán sacudidos, algo ya me toca: ¡Afuera, hasta que me termine otra botella! ¡Viva la compañía!
