Autor: Abdul Ghani
Todos los países de los BRICS tiene hoy una excelente relación con el gobierno talibán de Afganistán. Han logrado insertarse en sectores ricos como la minería, el tráfico de oro, opio y armas de última generación. China ha firmado este año varios tratados con los talibanes, al igual que Rusia, y han reabierto sus embajadas en Kabul. Otro país que cambió su histórica mirada hacia esta secta islámica es India, quien veía con ojeriza el apoyo que siempre recibieron de Pakistán, y decidió realizar fuertes inversiones en infraestructura y salud.
Actualmente, el principal conflicto que tiene Afganistán es precisamente con su vecino Pakistán, armado y apoyado por Estados Unidos, que lo viene utilizando como una plataforma para su estrategia militar en Asia. Allí hicieron un golpe de estado para derrocar a Imran Khan, y asumió una junta militar que son prácticamente marionetas de Washington, y es a través de este enorme país escindido de la India que el gobierno de Trump decidió continuar su guerra contra las talibanes.
Actualmente en una frágil tregua, los combates y ataques esporádicos de uno y otro bando ya causaron desde octubre unos 10.000 muertos. Y no se puede olvidar que Estados Unidos y sus prostitutas de la OTAN dejaron billones de dólares en armamento moderno y sofisticadas técnicas de genocidio aplicadas por el ejército israelí en Gaza. Los talibanes reconocieron que se apropiaron de ese “regalo del Cielo” pero que no lo van a utilizar en forma canallesca como los infames israelitas.
Mullah Abdul Ghani Baradar, ministro de economía talibán, que pasó más de diez años en cárceles paquistaníes, aseguró que se están logrando avances, y que hay remotas posibilidades de retomar las buenas relaciones con los pakis, siempre y cuando haya un cambio de gobierno en Pakistán y se conjure el alma demoníaca que se apropió de sus gobernantes. Por otro lado, acaban de hacer un trato con Irán que les va a permitir sacar sus mercancías por el puerto de Chabahar. Ciertamente, los talibanes dejaron de ser naifs y se comportan como avezados diplomáticos en sus negociaciones con grandes potencias.
En este contexto, se pueden considerar muy meritorios los logros de un país sancionado y embargado, aislado y acusado de violencia de género, con desastres naturales –terremotos e inundaciones que mataron a miles-, y no naturales –el regreso de millones de refugiados que estaban en Pakistán e Irán- que no impidieron al gobierno talibán reducir la pobreza, que ahora alcanza a la mitad de sus 44 millones de habitantes (al momento de escapar el ejército yanqui la pobreza superaba el 90%).
Sin embargo, todavía hay grupos antitalibanes y pro-occidentales operando con su propaganda y sus historietas que retratan a los talibanes como bestias fanatizadas. La cuestión de prohibir a las mujeres educarse y maquillarse es un caldo de cultivo para movimientos golpistas que quieren borrar a los talibanes del mapa, como lo anhela el actual gobierno pakistaní. Hay pocos testimonios o trabajos que demuestren que esto es mentira y que en Afganistán no se oprime a las mujeres, sino se las trata con respeto y hasta veneración. Por ello, este flanco débil debería ser atendido por las autoridades afganas. Si lograron retomar conversaciones y efectivizar negocios con vecinos y países del sur Global, es para reconocerles su persistencia y devoción por su patria. Se trata sólo de morigerar algunas reglas sexistas y patriarcales que hipócritamente pululan en varios países occidentales, y habría que realizar un análisis comparativo de dónde hay más femicidios o actos de injusticia contra mujeres, comparando a Afganistán con el resto de los países del mundo. Muchos se llevarían una sorpresa, y cambiarían su visión de esta etnia, casta o secta, llámesela como se quiera, que ya le ha dado varias lecciones a las potencias que codician su rico territorio.
