Autor: Ezequiel Pose

Hay semanas en Argentina que son un género literario. No son noticia, ni crónica, ni análisis político. Son sátiras involuntarias. La última semana fue exactamente eso: una mezcla de Shakespeare, Capusotto, Tato Bores y un grupo de WhatsApp donde nadie entiende los audios pero todos contestan igual.

Entramos al Congreso para la jura de los diputados y salimos con un catálogo de escenas dignas de archivo. Gritos, chicanas, micrófonos calientes, declaraciones cruzadas y esa sensación tan nuestra de que la política es una función del Maipo sin libreto.
Se discutió todo: el reglamento, la moral, el decoro, la identidad y hasta quién tenía derecho a indignarse primero. Hasta hubo un diputado que decidió recordar que el machismo no necesita invitación para aparecer, alcanza con un comentario fuera de lugar para esperar la ovación de nadie.

Martin Lousteau hizo de Lousteau, Lemoine, por su parte, parece estar construyendo un personaje de serie de streaming: furiosa, firme, contradictoria y siempre a punto de lanzar un monólogo que será viral. El espectador promedio, sin embargo, buscaba simplemente entender: ¿esto es institucionalidad o un juego de mesa con reglas inventadas sobre la marcha? Ni jugando al UNO pasa esto.

Mientras caían las frases al aire, salieron a intervenir los guardianes del discurso. La DAIA advirtió que jurar por una “Palestina libre desde el río hasta el mar” es antisemita. Y de repente todos discutieron la frase, sin que muchos pudieran ubicar con precisión ni el río ni el mar. Pedimos geopolítica como si fuera delivery, la queremos en 15 minutos y sin servicio.
Fue ahí cuando apareció la escena digna de Tato Bores: Feinman y Pablo Rossi consultando al ChatGPT qué significaba exactamente la frase, indignados por los crímenes de Hamas pero sin preguntarse su origen y que hizo Israel todos estos años. El sketch se escribió solo. Al aire leyendo todo lo contrario a lo que sostenían y sin saber cómo salir del paso, de los dos no hacemos una neurona completa. Por las dudas, nos ponemos del lado del más débil. O sea de Feinman. Es cómico ver a periodistas buscando culpabilizar a otros como si la realidad tuviera la obligación de ordenarse para ser televisada.
Y si hablamos de magia, la diputada provincial (Lucia Klug) que propuso un impuesto a los gases de las vacas merece un capítulo propio. En un país donde se discute la responsabilidad penal de los humanos, alguien decidió avanzar sobre la responsabilidad fiscal del ganado. Las vacas, tranquilas en el campo, de repente se enteraron que eran agentes contaminantes y, posiblemente, futuros contribuyentes. La noticia circuló con rapidez y el meme fue inevitable: una vaca con número de CUIT y  clave fiscal nivel 3. La escena tiene una comicidad involuntaria que, de nuevo, parece escrita. Nadie en el país está exento de carga impositiva: ni el asalariado, ni el comerciante, ni la vaca.

En la otra punta de la semana, el gobierno anunció su intención de tratar cambios a la Ley de Glaciares con una mirada amable hacia las megamineras. El país que se divide ferozmente por una frase en árabe no muestra la misma intensidad cuando se trata de montañas de hielo que garantizan agua por generaciones. El debate ambiental, como casi todo, no se discute en términos estratégicos sino emocionales; la naturaleza, en Argentina, entra en política por la puerta del utilitarismo. Los glaciares son majestuosos, sí, pero también son potenciales proveedores de recursos. Somos pragmáticos: si algo está quieto, habrá que dinamitarlo.
Ahí no hubo gritos, ni juramentos encendidos. Hubo técnica, respeto institucional y la sensación de que la ecología es un asterisco contable.

Como si esto fuera poco, la semana trajo también la noticia de una futura ley de “inocencia fiscal” para los dólares del colchón. Una idea que atraviesa transversalmente al país, donde la economía doméstica convive con la paranoia bancaria. Después de décadas de corralitos, cepos, pesificaciones y devaluaciones, la propuesta se resume así: traigan los dólares, prometemos que esta vez no pasa nada. Pasó Peter Capussotto y tiró un “ah re”. Venimos de semanas turbulentas en las que se vuelve a oler el corralito bancario. La confianza no se legisla pero se intenta. El país construyó su identidad económica alrededor de la desconfianza, pero ahora alguien sugiere que se puede decretar inocencia retroactiva sobre billetes guardados en lugares insólitos. Los argentinos somos creativos: inventamos la soja, el colectivo, el bypass… y el blanqueo.

Aun así, lo más fascinante no es lo que se discute. Es cómo se discute.
Todo es urgente, inflamable y definitivo, hasta que deja de serlo. El Congreso, la televisión, las redes, los titulares, los micrófonos abiertos. En la misma semana podemos indignarnos por un juramento, reírnos de una propuesta insólita, defender glaciares, cuestionar glaciares, denunciar antisemitismo y soñar con certificar dólares.
La Argentina es un teatro donde no se levanta nunca el telón porque la obra ya empezó hace rato.

Tato Bores, en uno de sus monólogos más recordados sobre los políticos, decía que el problema no era la política sino los seres humanos adentro de ella. “Si usted pone dentro del Congreso a 257 marcianos, en seis meses están peleados los marcianos también.”
Hoy, tal vez, no harían falta seis meses.

Pero lo notable, lo increíble, es que entre los gritos, las ocurrencias, las frases grandilocuentes y las propuestas exóticas, sigue habiendo una convicción subterránea “nos importa.”
Nos indigna, nos divierte, nos cansa, nos asombra, pero nos importa.
No es cinismo puro. Es otra cosa: es un vínculo contradictorio con la realidad.
Queremos que todo cambie, pero nos apasiona observar el caos. Nos gusta señalarlo, comentarlo, narrarlo. Hacemos de la política una obra coral donde cada uno intercambia su rol: el crítico, el dramaturgo, el actor, el espectador.

La Argentina parece hoy una gran puesta en escena sin dirección. Los personajes improvisan, el guión es incierto, la escenografía se derrumba a veces, y sin embargo la sala está llena. Siempre llena.

Tal vez por eso el humor es indispensable. No como evasión, sino como comprensión.
La acidez no es capricho: es diagnóstico.
Nos reímos porque reconocemos. Nos duele porque es nuestro.

Hay semanas que son noticia; otras son parábola. Esta fue de las segundas.
Y probablemente, cuando la próxima jura, el próximo grito, la próxima ocurrencia y el próximo decreto aparezcan, nosotros estaremos ahí, atentos, comentando.
Como espectadores y partícipes de una obra que nunca termina. ¿Creiste que Diciembre era tranquilo en el plano político/escándalo? Si pensamos eso nos falta un poquito de argentinidad.

Porque, como decía Tato al final de cada programa: “Desgraciadamente, pasó otra semana.”

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