Autor: Ezequiel Pose

La Argentina tiene un talento natural para convertir problemas serios en espectáculos menores. Pero esta semana el gobierno se superó, tiene un olfato quirúrgico para fabricar escándalos que no cambian la vida de nadie justo cuando pasan cosas que sí cambian la vida para mal. Un talento casi artístico para señalar la luna cuando el país se cae del acantilado. Hay que decirlo sin vueltas,  pocas veces un gobierno trabajó tanto para que no se note lo que hace. Y esta semana batieron récords.
Si existiera un premio al mejor ilusionista político, se lo llevan por goleada: lograron que el país discuta un pasillo en vez de discutir una quiebra industrial, un salario mínimo congelado y un mercado laboral al borde del colapso.

Mientras Rosario Central festejaba un título “merecidísimo”, el gobierno festejaba otro: la “Copa Humo 2024/2025”, torneo en el que compiten solos y que, además, golean cada semana.
Porque claro, nada distrae más que un escándalo de fútbol. El país se prende fuego, pero el tema de agenda fue si Estudiantes debía aplaudir o no a los campeones.


Esto no es una república: es un sketch. Esta semana se lucieron título de Rosario Central, escándalo del pasillo, sanción express y el sueño húmedo del oficialismo de intervenir la AFA, todo condimentado con los dos datos que ellos preferirían que jamás se hablen: la quiebra de Whirlpool Argentina y otro papelón histórico con el Salario Mínimo, Vital y Móvil. Y ahí entró el gobierno a escena, como siempre que ve un foco de conflicto del cual colgarse. Habló de intervenir la AFA, como si el país no tuviera nada más urgente que ordenar. Es curioso, para las fábricas que cierran no hay intervención. Para los alimentos que suben semana tras semana tampoco. Pero para el fútbol… ah, para el fútbol sí hay energía. El Ejecutivo está dispuesto a meter mano porque, claro, cuando se trata de puntear instituciones autónomas, nadie corre más rápido que ellos.

Y en ese mismo momento —qué coincidencia, ¿no?— Whirlpool Argentina se declaraba en quiebra, enviando a cientos de familias a la incertidumbre total. Pero claro, eso no da retweets, no prende fuego X, no moviliza panelistas.
La gente pierde el laburo, pero lo que indigna es un pasillo. O a Luli Ofman le indigna mas un pseudo pasillo que el quiebre industrial.
Hermoso país el nuestro.

Mientras la población debatía sobre el protocolo de pasillos —casi un Concilio de Nicea futbolero— ocurrió algo que sí es grave. No un kiosco, no una pyme que lucha sola: una multinacional que empleaba a cientos de argentinos y abastecía a todo el mercado regional.
La explicación es la de siempre: mercado interno demolido, tarifas imposibles, falta de previsibilidad y un Estado que mira los cierres de fábricas como quien mira llover, con el mate en la mano y diciendo “qué desgracia, che”.

Pero esto no tuvo la tapa de los diarios. No se viralizó. No generó furia nacional. ¿Por qué? Porque para eso está el fútbol. Porque si la gente habla del pasillo, no habla del trabajador que mañana no sabe cómo pagar el alquiler.

Y como si fuera poco, en paralelo, como quien deja caer un papelito al piso y sigue caminando, el gobierno volvió a bloquear un acuerdo por el Salario Mínimo, Vital y Móvil. Con la inflación ambicionando récords olímpicos, los salarios en pesos ya no son salarios: son una estampita, un recuerdo, un “pensar que antes esto servía para comer”. Pero para el Ejecutivo, que vive explicando que “el mercado es sabio”, la solución siempre es la misma, que el trabajador espere. Que tenga fe. Que se arregle.

Porque, claro, cuando los números cierran “por arriba”, lo que se cierra “por abajo” son las vidas reales. Lo notable es que todas estas bombas económicas no tuvieron ni el 10% del espacio mediático que tuvo la escena del pasillo. Parece una joda.

El proyecto de intervenir la AFA es un capítulo aparte. No por novedoso, sino por patético.
Cada vez que el Ejecutivo se queda sin enemigos, inventa uno nuevo. Ya disciplinaron a los organismos culturales, ningunearon a las universidades, avanzaron sobre los medios públicos, y ahora van por el fútbol. Lo peor es que lo dicen con aire de estadistas. Como si estuvieran anunciando el Plan Marshall para el Conurbano. Como si ordenar el fútbol fuera el capítulo final de la refundación moral del país. Bienvenidos al fascismo.
El fútbol es el último espacio emocional masivo que el gobierno no controla.
Y eso les da alergia.

Dicen que lo hacen para “ordenar”, para “evitar escándalos”, para “modernizar la gestión”.
Por supuesto, nadie se plantea modernizar el sistema productivo, evitar cierres industriales o garantizar que el salario mínimo sirva para algo más que sobrevivir una semana.
No, lo urgente es que la AFA aprenda a portarse bien.

Mientras tanto, Whirlpool cierra. Miles quedan en la calle.
El salario mínimo se congela en el prehistórico número que ya no paga ni una compra del changuito vacío en el súper.
Pero eso no amerita intervención alguna.
¿A quién le importa la vida real cuando se puede meter mano en el fútbol y jugar al poder simbólico?

El gobierno encontró un truco simple: si todo anda mal, que el debate gire alrededor de algo que no cambie nada. Y qué mejor que el fútbol, ese territorio donde todos opinan, todos se indignan y todos pasan horas discutiendo sin que haya riesgo de que la discusión toque lo esencial. Y funciona. Funciona demasiado bien.

Porque hoy la pregunta nacional no es cuántos despedidos deja la quiebra de Whirlpool, ni qué implica bloquear el aumento del SMVM en un país donde el alquiler devora sueldos enteros.
La pregunta nacional es si Estudiantes tenía que hacer el pasillo.

En esa pregunta está el éxito de la estrategia.

En esa distracción está el problema de fondo.

Y la pregunta que deberíamos hacernos es otra:
¿Cuánto más nos pueden tirar humo mientras el país se vacía?

¿Cada crisis económica va a venir con un escándalo futbolero de regalo?
¿Un título, un pasillo, una sanción, una intervención simbólica cada vez que cierran empresas o se pulverizan salarios?

El fútbol puede dar alegrías.
El gobierno, lamentablemente, sólo está dando humo.
Humo que distrae, que tapa, que cubre.
Humo que esconde la realidad que realmente importa.

Porque el verdadero pasillo, no es el que Estudiantes no hizo.
Es el pasillo que nos quieren obligar a caminar mientras se llevan puesto el país.

Pero, claro, la discusión nacional fue otra.
No sobre cómo vive un trabajador argentino.
No sobre cómo una familia paga el alquiler, la luz y el super.
No sobre cómo sobrevivir a una economía donde todo aumenta menos los ingresos.

La discusión fue si Estudiantes tenía que hacer el pasillo.
Un pasillo.
Un maldito pasillo.

Y ahí es donde uno entiende que no es casualidad.
Es una estrategia: si el país está estallando, que la gente mire un escándalo menor.
Y en la Argentina no hay mejor distractor que el fútbol. En Honor al Diego, no traten de manchar la pelota.

Por eso al gobierno le encanta.
Porque mientras te indignás por quién saluda a quién, ellos avanzan.
Avanzan con cierres, con recortes, con congelamientos, con una política económica que convierte a millones en invisibles.

Y sí, Rosario Central salió campeón.
Hermoso.
Pero el país sigue perdiendo todos los partidos importantes.
Y no hay pasillo que disimule eso ni humo que lo tape.

Vistas: 31
Compartir en