Autor: Philip Larkin

A tientas vuelvo a la cama después de un pis, aparto las gruesas cortinas y soy sorprendido por las rápidas nubes, la limpieza de la luna.

Son las cuatro: los jardines en forma de cuña se extienden bajo un cielo cavernoso y azotado por el viento. Hay algo risible sobre esto, el modo en que la luna se precipita por las nubes que soplan liberadas como humo de cañón para pararse aparte (la luz color de piedra agudizando los techos de abajo), altas absurdas y separadas… ¡Pastilla de amor! ¡Medallón de arte! ¡Oh, lobos de la memoria! ¡Inmensidades! No, uno se estremece levemente, mirando allá arriba. La dureza y la brillantez y la sencilla y profunda singularidad de esa amplia mirada, es un recordatorio de la fuerza y el dolor de ser joven, que no puede volver, pero para otros sigue intacto en algún lugar.

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