El arte de mover sillas mientras se hunde el Titanic

Autor: Ezequiel Pose

“El problema no es la casta, sino la rotación del elenco”, podría decir cualquier argentino que ya perdió la cuenta de los ministros que pasaron por la pasarela libertaria. Porque si algo quedó claro después de tantos discursos sobre “dinamitar el statu quo”, es que el Gobierno terminó haciendo lo más casta de todo: armar y desarmar gabinetes a gusto y disgusto del humor presidencial.

La “casta” volvió. O quizás nunca se fue, pero ahora tiene nuevo decorado y community manager. Los cambios en el gabinete nacional fueron presentados como una cirugía mayor, pero al final resultaron un lifting con bisturí político: los mismos rostros de siempre, reciclados con el filtro libertario.

El presidente Milei, que juró venir a dinamitar la vieja política, terminó cenando con Mauricio Macri más veces de las que se reunió con su propio gabinete. Lo que empezó como una alianza táctica contra el populismo mutó en una relación de dependencia: Milei pone el histrionismo y Macri el manual de supervivencia  en el poder. Uno grita “¡Viva la libertad, carajo!”, el otro calcula en silencio cómo volver a tener un candidato a presidente en 2027.

Los cambios de gabinete son, en nuestro país, una especie de catarsis institucional: se anuncian con solemnidad, se justifican con eufemismos, y al cabo de unos días ya nadie recuerda los nombres. El presidente —siempre dispuesto a dar batalla contra los molinos de viento estatales— presentó esta “reconfiguración estratégica” como una demostración de eficiencia. Pero el público, curtido en promesas refundacionales, ya entendió el truco: cuando el libreto no funciona, se cambia al actor, no la obra.

Lo que comenzó como un experimento de “gestión libertaria” se fue pareciendo, con el paso de los meses, a una remake de lo que supuestamente vino a destruir. Las peleas internas, los egos cruzados, las desmentidas en vivo… El show debe continuar, aunque el rating se desplome. Si antes la consigna era “afuera la casta”, hoy parece ser “que vuelva la casta, pero más obediente”.

El nuevo gabinete, lejos de ser un relanzamiento, parece un casting para el spin-off del macrismo. Las “incorporaciones técnicas” son, en realidad, técnicos con pasado en la Rosada. Y entre los voceros estrella, aparece Adorni, ese milagro comunicacional capaz de elogiar al presidente con la devoción de un seminarista y la precisión de un standapero.

La jugada es clara: Macri sabe que Milei es el mejor distractor que pudo encontrar. Mientras el libertario entretiene al público con arengas sobre la casta, él reconstruye el tablero. En público, lo apoya con sonrisas y fotos en Olivos; en privado, toma nota de los errores y acomoda sus piezas para 2027. Porque el ingeniero podrá haber perdido la elección, pero nunca la paciencia.

Mientras el país se pregunta cómo sobrevivir al próximo tarifazo, el Gobierno ensaya coreografías de poder. Las renuncias “acordadas” se suceden, las designaciones “técnicas” se multiplican, y el relato de la pureza libertaria se va diluyendo en la marea de pragmatismo. El problema es que la gestión pública no se maneja como un canal de YouTube: no alcanza con editar el video, hay que gobernar el contenido.

El Gobierno, entre tanto, presenta estos movimientos como “ajustes estratégicos”, un eufemismo elegante para disfrazar la improvisación. Cada renuncia es una “decisión de mutuo acuerdo” y cada llegada, una “incorporación meritocrática” (léase: alguien del PRO pasó el filtro de fidelidad).

El nuevo jefe de Gabinete promete “eficiencia y coordinación”, dos palabras que, en la jerga política argentina, significan “duraremos hasta el próximo escándalo”. Su primera medida fue convocar reuniones para mejorar la comunicación interna. Lo cual es razonable: en un gobierno donde el presidente habla con una motosierra, su vice con el tarot y sus ministros por Telegram, hace falta más que coordinación, hace falta traducción simultánea.

Adorni, por su parte, se transformó en una especie de traductor simultáneo del caos. Es el encargado de explicar que el presidente no quiso decir eso, que los números no están mal, y que todo lo que parece contradicción en realidad es estrategia. Su tarea es sostener el relato con sonrisa profesional mientras el barco se inclina. Si esto fuera una película, él sería el violinista del Titanic, pero con micrófono y planilla Excel.

Algunos colegas analistas hablan de “crisis interna”, pero eso es darle demasiado dramatismo. Lo que hay, más bien, es un reality institucional. Cada cambio de gabinete es un episodio más en la serie “La casta somos todos”, donde el mérito para conservar el cargo depende menos de la gestión que del nivel de fe en el dogma presidencial, una clásica “tutoría libertaria”.

Y sin embargo, el show sigue. Los nuevos funcionarios juran con la mano en el pecho y la mirada perdida, conscientes de que acaban de subirse a un tren sin frenos. Los que se van, lo hacen en silencio, con esa mezcla de alivio y decepción que deja cualquier divorcio político. Y el presidente, satisfecho, se saca otra selfie con el cuadro de Alberdi, convencido de que la historia le debe una disculpa.

Macri observa el espectáculo con la calma del que ya estuvo ahí. Sabe que gobernar Argentina es como manejar un colectivo sin frenos cuesta abajo: lo importante es saltar a tiempo y quedar parado. Por eso acompaña, sonríe y deja que Milei desgaste su capital político en nombre de una revolución que cada día se parece más a una reedición amarilla.

El relato oficial dice que ésta es la “segunda etapa del plan”: la consolidación. Pero uno sospecha que ya vamos por la cuarta o quinta temporada del mismo guión. Cada vez que algo sale mal, aparece una nueva “etapa”, como si el país fuera un videojuego donde la dificultad se incrementa, pero los jugadores siguen sin entender los controles.

Los mercados, por supuesto, aplauden o se deprimen según el día, y los medios hacen lo que mejor saben: contar el cambio de nombres como si fuera una noticia, cuando en realidad es la confirmación de que el plan original ya no existe. Y así seguimos, entre comunicados, rumores y teorías conspirativas, buscando alguna señal de rumbo entre tanto humo de conferencia.

La escena es tan absurda que ya ni el humor alcanza para describirla. Milei empezó gritando contra la casta y terminó recontratándola como asesora. Su gabinete es un collage de libertarios, ex PRO, ex massistas, economistas reciclados y tuiteros con carnet. Un zoológico ideológico en el que todos juran lealtad al presidente, pero cada uno reporta a un padrino distinto.

La promesa de “dinamitar el sistema” quedó reducida a un grupo de WhatsApp donde se discute quién va a acompañar a quién en la foto oficial. El plan original —si alguna vez existió— se diluyó entre nombramientos cruzados, internas palaciegas y la sombra omnipresente de Macri, que ya no necesita volver al poder: simplemente lo tercerizó.

Mientras tanto, la gente —esa entelequia que solo aparece en los discursos— sigue haciendo equilibrio entre la inflación, los recortes y el desaliento. Porque allá afuera, lejos del microclima libertario, la “segunda etapa del plan” tiene otro nombre: la etapa de aguantar.

Los analistas hablan de “pacto de conveniencia”, pero el acuerdo Milei–Macri es más sofisticado que eso. Es una simbiosis: Milei necesita la estructura del PRO para sostener la gobernabilidad, y Macri necesita a Milei para mantener a raya a su propio partido. Mientras Bullrich juega a la ministra todoterreno y Larreta medita en el exilio político, el expresidente afila el lápiz. El objetivo es claro: volver en 2027 con un candidato que capitalice el desgaste del libertario.

Porque el verdadero proyecto del PRO ya no es reconstruir la república, sino recuperar el mando. Macri sabe que Milei es una chispa poderosa, pero efímera. Lo deja arder mientras el fuego consuma su propio gobierno. Después, cuando el humo se disipe, volverá a ofrecer “seriedad” y “orden”, como si no hubiera tenido nada que ver con el incendio.

El gabinete nuevo —si se lo puede llamar así— es apenas el síntoma de un poder que no gobierna, sino que administra la confusión. Las peleas en redes, los egos en conferencia de prensa, los mensajes crípticos desde la quinta presidencial… todo suena a déjà vu. Argentina, país circular, vuelve una y otra vez al punto de partida, cambiando solo los hashtags.

Tal vez lo más paradójico sea esto: en nombre de la guerra contra la casta, el Gobierno terminó creando su propia casta, hecha a medida de su narrativa. Funcionarios que entran y salen del gabinete como piezas descartables, pero que repiten el credo libertario con fervor religioso. Una especie de aristocracia del like, que gobierna con trending topics y conferencias, pero sin brújula.

Cada reemplazo ministerial es presentado como una victoria contra la burocracia, aunque al final la burocracia sea lo único que sigue en pie. Cada ajuste se vende como “acto de valentía”, aunque en el fondo no sea más que el viejo instinto de supervivencia política.

Mientras tanto, los argentinos miramos el espectáculo con mezcla de resignación y humor. Aprendimos a no encariñarnos con ningún ministro: duran menos que un tuit del presidente. Lo único que permanece estable es la inestabilidad. Y en ese paisaje de ruido y furia, el expresidente sonríe, sabiendo que el caos también puede ser una estrategia.

Y así, entre discursos sobre la libertad y decretos de necesidad y urgencia, entre los gritos del “no hay plata” y las negociaciones de pasillo, el sueño de la nueva política termina pareciéndose demasiado a la vieja. El cambio no está en la gestión, sino en el decorado.

Quizás haya que decirlo sin vueltas: la verdadera casta no es la que estaba antes, sino la que repite su lógica con otro himno de fondo. Porque cuando un gobierno que vino a “dinamitar el sistema” termina atornillado al sillón presidencial, algo se perdió en el camino.

Quizás el nuevo lema del Gobierno debería ser más honesto: “No hay plata, pero hay casting”. Cada movimiento de gabinete es una audición para el futuro. Milei busca sobrevivir, Macri busca regresar, y el país —como siempre— busca sentido.

El Titanic sigue hundiéndose, claro, pero ahora con playlist libertaria. Y en cubierta, mientras el agua sube y las luces titilan, alguien mueve las sillas, sonríe a cámara y grita: “¡Viva la libertad, carajo!”. Porque en Argentina, incluso los naufragios tienen director ejecutivo.

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