Autor: Paul Hostovsky
Pertenecía a todos nosotros de un modo porque todos compartimos la sorpresa de que existía en todos, y también, privadamente, en la emoción de los dos amantes (nadie más sorprendido que ellos), que trabajaban juntos en la misma triste oficina con todos nosotros por todos esos años, y ambos se casaron, y ambos infelizmente. Era una oficina triste, como muchas oficinas tristes, llenas de la tristeza inexorable de cubículos, y computadoras, y vacía de amor. O así pensábamos. Porque nadie lo vio crecer –debió haber ingresado por un alto pedazo de risa en el comedor, luego apartar la mirada y volver a mirar, del modo en que a veces lo hará-. Y cuando salió en susurros cerca del refrigerador todos bebimos de él, lo tomamos, y de este modo nos refrescó, y nos asombró, y nos perteneció porque todos lo llevamos a casa, lo llevamos con nosotros en el auto, o en el tren, nos sentamos con él en la hora pico, sacudiendo nuestras cabezas como si estuviéramos escuchando música, y del modo en que estábamos escuchando música, sacudiendo nuestras cabezas y sonriendo, mirando por la ventana, tamborileando con los dedos.
