Autor: Paul Hostovsky
Jill, la hermana mayor de mi mejor amigo, contestó a la puerta. “El no está aquí. Entra”. Era solo ella y el perro, una especie de cruce entre caniche y perro labrador que se parece a Jill de un modo en que no puedo o no quiero poner mi dedo encima. Nos siguió perrunamente al estudio donde nos sentamos en el sofá verde lima, se desploma frente a nosotros en el suelo, jadeando. Cruzo mis piernas. “¿Entonces cuando viene a casa él?” Ninguna respuesta. Ojos sobre el perro, ella desabotona el primero, el segundo y luego el tercero de más o menos diez botones de su blusa. “Hace calor aquí”. Y luego el cuarto y después el quinto. Ella está en la edad en que lleva sus nuevos pechos como pequeñas deidades alegres que buscan el homenaje que les corresponde. Yo estoy en la edad donde todavía digo “y medio” luego de mi edad, porque quiero todo el crédito. Pero hoy no tengo una clave. Contemplo directo por encima a la pared, tomando en forma periférica la colgante lengua rosa del perro, el pálido medio pecho que Jill ha desnudado hasta el pezón rosáceo. Puedo sentirla, febril, jadeando, me quema un agujero en un lado de la cara mientras aparto la mirada, por mi vida. La vida mía.
