Autor: Paul Hostovsky

Ella era muy hermosa. Excepcionalmente hermosa. Hermosa en el modo de ciertos reconocimientos repentinos, como: Mi dios, ¿está lloviendo? o: ¡Mira qué grande la luna!

Ella estaba en la lectura de poesía. Mi lectura de poesía. Solo una entre varias preciosas estudiantes hasta las preguntas y respuestas. Eso fue cuando ella levantó su mano en la tercera fila y me preguntó: “¿Qué te inspira?”

Lo que debería haber dicho era: “La belleza. La belleza me inspira”. Y dejarlo en eso. Y dejar que el torpe silencio hable por sí mismo mientras la contemplaba desde arriba en el podio por quizás un minuto entero, ignorando al jefe del Departamento de Inglés aclarando su garganta, las pocas risitas difusas que llenaban la habitación, la enorme luna llenando la gran ventana panorámica cuando mi mirada empapada se posaba en ella, firmemente, como una delicada lluvia de verano cayendo en el segundo asiento de la tercera fila. Pero lo que dije un poco secamente, fue: “La literatura. La gran literatura me inspira”. Y ella apartó la mirada. Y la suya fue la única pregunta.

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